Sinaloa no es la excepción; la criminalidad
está enraizada en Guerrero
Emiliano Tizapa Lucena, Jesús Guerrero y Arturo de Dios Palma
Chilpancingo4 de mayo del 2026
Rubén Rocha Moya, gobernador con licencia de Sinaloa, no es el único político en nuestro país que debería ser investigado por presuntos vínculos con una organización criminal; Morena, como partido, tampoco.
Desde hace décadas, el sistema político de partidos en este país está podrido. Las elecciones se convirtieron en procesos de legitimación de decisiones cupulares, desdibujados, fríos y acelerados.
La premisa es triunfar en la elección y hacerse del poder sin importar cómo se logre, sin importar las alianzas —por muy oscuras que sean— que tengan que hacerse y, sobre todo, con quién se tengan que hacer.
Esa premisa, aplicada por casi todos los grupos políticos, incluido Morena, nos ha situado en un momento donde varias regiones del país son controladas completamente por grupos políticos-criminales o criminales-políticos; donde la ciudadanía vive en constante miedo por el sometimiento bajo la violencia extrema. Prácticamente el terror.
Ante este panorama, es pertinente entender que Estados Unidos no tiene la mínima intención de hacer justicia en nuestro país, ni de llevar a una corte a políticos mexicanos para detener la violencia, las desapariciones, los secuestros y homicidios que ha dejado esta guerra narcopolítica desatada en el «calderonismo» y sostenida por los sexenios que le precedieron. Creer que Estados Unidos salvará a México es una visión totalmente extraviada.
Por ello, ¿cómo entender las acusaciones contra el gobernador de Sinaloa y nueve funcionarios y exfuncionarios por parte del gobierno estadounidense?
Primero, dichos señalamientos los hace la administración de Donald Trump, un empresario que obedece a una camarilla capitalista con un plan imperialista profundamente racista.
Segundo, nuestro vecino del norte siempre ha utilizado “la desestabilización” mediante la CIA en diversas regiones del mundo con miras a imponer un control político que le permita dominar rutas comerciales y extraer recursos naturales: petróleo, agua, madera, tierras raras, oro y demás minerales. Sin embargo, también buscan el control de las rutas de lo ilegal, como la droga, la trata de personas y el contrabando de armas.
Entonces, ¿la acusación contra Rocha Moya y demás funcionarios es una coartada para vulnerar la soberanía de México, como lo plantean la presidenta de la República, Claudia Sheinbaum Pardo, y la militancia de Morena?
Tampoco. La vulneración de nuestro territorio ha ocurrido en innumerables ocasiones, empezando por el Tratado de Libre Comercio, donde México obtuvo desde el comienzo, con el “salinato”, los menores dividendos.
Resulta irónico, pero la soberanía mexicana ha estado supeditada al plan exterior de Estados Unidos.
Donald Trump busca ejercer presión política contra México con miras electoreras para un tercer periodo al frente de la Casa Blanca, pero a costa de cimbrar la política interna del país. Y es que, como mexicanos, deberíamos cuestionarnos si realmente los señalamientos contra Rocha Moya son solo una respuesta frente a la “colaboración” descubierta de la CIA en un operativo con el gobierno panista de Chihuahua, que encabeza María Eugenia Campos Galván.
Si es así, al gobierno morenista le han pegado en el “dedo chiquito” del lopezobradorismo; es decir, en uno de los gobernadores más protegidos por el expresidente Andrés Manuel López Obrador y por la actual mandataria. Lo que es innegable es que Rocha Moya es, desde antes del escarnio norteamericano, uno de los morenistas más cuestionables y oscuros, pero hay varios más.
¿Por qué decimos, entonces, que Rocha Moya y Morena no deberían ser los únicos en ser investigados por sus vínculos con organizaciones criminales? Primero, porque Rocha Moya no es Morena y Morena no es México. Segundo, al revisar las acusaciones que se hicieron ante el Tribunal de Distrito Sur de Nueva York contra los políticos sinaloenses, esto explica la impunidad y la connivencia que existe no solo en este estado, sino que también podría dar luz al sometimiento que hay en otras regiones del país.
El documento señala que una fracción del Cártel de Sinaloa se alió con políticos y agentes del orden público de esta entidad, a los que califica de corruptos. Dice que estos “políticos y agentes del orden público han abusado de su autoridad en beneficio del cártel”; además, sostiene que han participado directamente en la violencia y las represalias perpetradas por la organización.
Las acusaciones que recaen sobre Rocha Moya son: haber protegido a los líderes de «Los Chapitos» —Iván Archivaldo y Ovidio Guzmán, hijos de Joaquín «El Chapo» Guzmán— de investigaciones y procesos judiciales; proporcionar información sensible de las autoridades del orden público y militar a miembros del cártel; ordenar a integrantes de organismos policiales, estatales y locales proteger los cargamentos de droga almacenados en México y en tránsito hacia los Estados Unidos; permitir que los miembros del cártel cometieran actos de violencia brutal sin consecuencias; y permitir a «Los Chapitos» colocar a otros funcionarios corruptos en puestos de poder en el gobierno estatal y local de Sinaloa.
A cambio de estas acciones, según el documento, Rocha Moya pidió a los líderes de “Los Chapitos” que robaran papeletas con votos de sus oponentes en 2021 y que secuestraran e intimidaran a los candidatos de la oposición.
Según Estados Unidos, antes y después de convertirse en gobernador de Sinaloa, Rocha Moya asistió a reuniones con los líderes de dicha organización.
Esos señalamientos podrían trasladarse no solo a gobernadores o gobernadoras en turno de otros estados, sino también a los del pasado, porque esas prácticas no son nuevas.
Dichas prácticas también explicarían explosiones de violencia en otros estados, municipios y regiones, incluso de Guerrero: como Taxco, Chilpancingo, Iguala, Chilapa, Tixtla, Copala, Atoyac y la Tierra Caliente.
En el caso del alcalde de Culiacán, Juan de Dios Gámez Mendívil, es señalado de permitir a “Los Chapitos” operar en su municipio sin interferencia del gobierno, protegiendo sus operaciones de tráfico y evitando detenciones.
¿Acaso no hay otras alcaldías en este país y en nuestro estado donde se desata la violencia y, para los ediles, pareciera que no pasa nada, que los grupos criminales son intocables e impunes?
En esta columna hemos detallado hasta el cansancio el ejemplo de Taxco con el hoy prófugo de la justicia, Mario Figueroa Mundo; pero ejemplos sobran. Chilpancingo, con Norma Otilia Hernández Martínez como alcaldesa, no se queda atrás: basta recordar sus encuentros con los líderes de “Los Ardillos”, que desataron varias olas de violencia en la capital guerrerense.
También el municipio de Chilapa, donde gobierna la priista Mercedes Carballo Chino, donde la violencia política —específicamente contra morenistas— no ha significado ni una investigación para la edil.
Otros casos son los ediles de Huamuxtitlán y Juan R. Escudero, con los emecistas Daniel Méndez Flores y Óscar Sánchez Luna. Este último no ha sido tocado a pesar de que en su municipio se vive una serie de enfrentamientos armados y constantes bloqueos carreteros de supuestos líderes comunitarios para evitar operativos militares.
Copala es otro municipio donde la violencia criminal se ha mezclado con la política; ahí un aspirante del PVEM fue asesinado y acusó, mediante un video, a la entonces alcaldesa perredista y hoy diputada local por Morena, Guadalupe García Villalba, como la autora intelectual. No solo eso: el edil electo por el partido México Avanza, Salvador Villalba Flores, también fue asesinado.
Para finalizar los ejemplos, en Tierra Caliente los gobiernos van y vienen (PRI, PRD y Morena), pero la población está sumamente sometida al control de “La Familia Michoacana”. Sin embargo, en la zona hay elecciones y los ayuntamientos funcionan; en Tlalchapa, la familia Mora Eguiluz ha gobernado por más de diez años sin ninguna interrupción por parte de los criminales.
¿Acaso en estos municipios, como en muchos otros del país, no existe esa connivencia, complicidad o vínculos que acusa Estados Unidos en Sinaloa?
Otro de los funcionarios señalados es Gerardo Mérida Sánchez, secretario de Seguridad Pública de Rocha Moya desde septiembre de 2023 hasta su renuncia en diciembre de 2024. Se le acusa de notificar previamente las redadas en laboratorios de droga para que “Los Chapitos” pudieran mover el equipo y el producto.
En Guerrero, durante la actual administración de Evelyn Salgado Pineda, suman cinco secretarios de Seguridad Pública; el más reciente, Daniel Antonio Ledesma Ozuna —hombre cercano a Omar García Harfuch—, fue nombrado en agosto del año pasado tras sucesivas olas de violencia.
No podemos olvidar que en Chilpancingo todavía se investiga al ex encargado de despacho de la Secretaría de Seguridad Pública Municipal, Germán Reyes Reyes, por el asesinato del alcalde Alejandro Arcos Catalán, quien solo estuvo una semana en el puesto.
El mismo presidente municipal fue acusado por sus rivales políticos de impedirles hacer campaña en zonas de Chilpancingo con presencia de una organización criminal.
Es por eso que el caso de Rocha Moya y Morena no puede ser el único en saltar a la luz pública. El gobierno mexicano debe ser capaz de identificar a los políticos corruptos y castigarlos.
Una transformación verdadera implica acabar con el fuero institucional para que nadie se escude en un cargo para cometer fechorías.
Sheinbaum Pardo se encuentra ante una disyuntiva: permitir que Estados Unidos se lleve y juzgue a Rocha Moya o en investigarlo y castigarlo en casa, aunque eso signifique admitir que protegieron a un criminal por años.
El costo político para Morena será inmenso, especialmente en vísperas de la elección de 2027; pero sería lo más sano para la endeble democracia mexicana. Le otorgaría legitimidad a su mandato y, lo más importante, enviaría un mensaje a toda la clase política que hoy anda libre mientras sus pobladores sufren los efectos de la violencia.
Chirrionazo
Por unanimidad fue “elegida” este domingo en el muy catrin World Trade Center de la Ciudad de México la ex secretaria de Bienestar, Ariadna Montiel Reyes, como la nueva dirigente nacional de Morena.
En realidad, la elección no fue tal; el movimiento ya estaba pactado tras la abrupta salida de Luisa María Alcalde Luján.
Lo que llamó la atención fue que la nueva presidenta nacional recordó que son hijos “del campamento de Reforma en 2006 y sobrevivientes del desafuero”; es decir, los fieles a López Obrador retoman las riendas del partido.
Montiel Reyes sostuvo que su dirigencia no tolerará la corrupción y que quienes aspiren a candidaturas en 2027 deben tener una trayectoria impecable. Si esto último se aplica, sería un problema más para Félix Salgado Macedonio, quien además del nepotismo electoral, no conoce lo que es la “impecabilidad”, pues su carrera ha sido, sobre todo, escandalosa.









