El antiimperialismo se coloca de nuevo
como bandera central para la izquierda

 

John Kenny Acuña Villavicencio*


Lo ocurrido en Venezuela ha llamado poderosamente la atención; sin duda, se evidenció una violación a su soberanía, como ya había ocurrido a mediados del siglo XX. Frente a esto, muchos intelectuales se preguntan si estamos ante el retorno de un imperialismo clásico o si se trata de otra cosa, es decir, de la manifestación de la desglobalización y de la idea de que la actualización del Big Stick resulta más coherente con lo ocurrido.

Esta lógica estaría orientada a asegurar intereses nacionales, especialmente petroleros y de tierras raras, lo que obliga a una izquierda golpeada por los acontecimientos a repensar el antiimperialismo y la organización de base.

Uno de los conocedores de este hecho y estudioso del fenómeno chavista en Venezuela es Rafael Pinheiro Araujo. Doctor en Historia por el Programa de Posgrado en Historia Comparada (PPGHC) de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ) (2013). Profesor de Historia de América en la Universidad del Estado de Río de Janeiro (UERJ). Procientista-UERJ. Investigador asociado al Laboratorio de Estudios de la Inmigración (LABIMI) de la UERJ. Miembro del Grupo de Trabajo (GT) de Enseñanza de la Historia y Fuentes de la Asociación Nacional de Investigadores y Profesores de Historia de las Américas (ANPHLAC). Aquí la entrevista.

—El secuestro del presidente Nicolás Maduro por las Fuerzas Armadas de Estados Unidos marcó el inicio del año político. ¿Qué implica este hecho para Venezuela y para la soberanía y estabilidad de América Latina?

—Yo creo que lo que ocurrió el sábado [3 diciembre] en Venezuela tiene dos significados. El primero, ampliamente criticado incluso en la Asamblea de la ONU, es la violación a la soberanía venezolana. Con excepción de Estados Unidos e Israel, la mayoría de los países condenaron el hecho. Aunque algunos gobiernos, como el francés, mostraron inicialmente apoyo a la salida de Maduro, luego rectificaron su postura. En términos jurídicos y políticos, se trata de una violación tanto de la soberanía estatal como del principio de autodeterminación de los pueblos y de la Carta de las Naciones Unidas.

El segundo significado es igualmente claro: el secuestro de Maduro envía un mensaje directo a América Latina de que el imperialismo estadounidense sigue vigente. Se trata de una actualización de la doctrina del Big Stick, ahora apoyada en tecnología militar del siglo XXI. La movilización del aparato militar, coordinada por el Departamento de Estado y con un papel central de la CIA, demuestra que Estados Unidos no oculta su disposición a usar la fuerza para proteger sus intereses.

Pese a los intentos de algunos académicos y periodistas por suavizar la situación mediante eufemismos, se trata de imperialismo sin ambigüedades. Esto queda explícito en los documentos de política exterior publicados por el gobierno estadounidense en diciembre, donde América Latina y el Caribe aparecen como espacios de intervención estratégica. El anuncio de acuerdos petroleros confirma esta lógica: Venezuela queda bajo amenaza militar y económica, configurándose un protectorado moderno en el que el poder militar sirve directamente a los intereses políticos y económicos del Estado norteamericano.

—Bajo esta concepción del imperialismo, ¿existe hoy algún elemento cualitativamente nuevo?

—No diría que se trata exactamente del mismo imperialismo clásico tal como lo estudiamos a partir de Lenin, Rosa Luxemburgo u otros teóricos del inicio del siglo XX. Estamos ante un imperialismo del siglo XXI. En este sentido, me parece que las teorías del Imperio de Hardt y Negri han perdido fuerza, porque Estados Unidos deja muy claro que actúa en función de sus propios intereses nacionales. No se trata de un imperio difuso o descentralizado, sino de una acción estatal directa. Es pura realpolitik.

Hay similitudes con las teorías clásicas de Lenin y Rosa Luxemburgo, pero necesitamos reformularlas para el siglo XXI. Los presupuestos son similares: el uso del aparato militar para garantizar intereses económicos estratégicos, particularmente en América Latina y el Caribe. El documento de política exterior publicado en diciembre es muy claro al afirmar que el hemisferio americano tiene un líder incontestable: Estados Unidos.

Muchos han hablado del retorno a la Doctrina Monroe, pero a mí me parece más adecuado hablar de una actualización del Big Stick. Más violencia, más amenaza directa. Venezuela se transforma en un protectorado, como lo fue Cuba tras su independencia. Eso es imperialismo en su forma más clásica.

—¿Se trata simplemente del regreso de viejas formas de imperialismo?

—Creo que estamos viviendo una reconfiguración del orden internacional. Algunos analistas sostienen que Trump está diseñando un orden global similar al del siglo XIX, basado en zonas de influencia: América bajo hegemonía estadounidense, Eurasia compartida entre China y Rusia, y Europa con sus propias áreas de control. No es globalización, sino desglobalización, estrechamente vinculada al nacionalismo de Trump y al rechazo del multilateralismo.

—Ante este escenario, ¿qué papel juegan actualmente los principales liderazgos chavistas que permanecen en el poder?

—Me parece que existe algún tipo de acuerdo entre Estados Unidos y los actores que hoy controlan el poder en Venezuela. Cuatro figuras son centrales: el ministro de Defensa, Vladimir Padrino; el ministro del Interior, Diosdado Cabello; la vicepresidenta Delcy Rodríguez; y su hermano Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional. Todo indica que están organizando una transición. Venezuela ha anunciado recientemente la liberación de algunos presos políticos, en un proceso mediado por Brasil, España y Catar. Esto sugiere el inicio de una transición controlada.

Todo gira alrededor del petróleo. El petróleo venezolano es particularmente adecuado para las refinerías estadounidenses por su alto contenido de azufre, al igual que el petróleo canadiense. Hay un acuerdo entre la burocracia civil y militar del chavismo y Estados Unidos. La duración de este protectorado aún está por verse.

—¿Es pertinente establecer un paralelismo entre la captura de Nicolás Maduro y el caso de Manuel Antonio Noriega?

—Sí, la comparación es válida en términos de la acción militar directa y la imposición de la fuerza, aunque no en términos simbólicos o ideológicos. Es un paralelismo histórico útil para comprender la lógica de intervención.

—¿El proyecto bolivariano y el socialismo del siglo XXI atraviesan hoy un proceso de desgaste?

—No diría que se agotó la revolución bolivariana en su conjunto, pero sí la fase del madurismo. Esa fase se agotó. Maduro cometió errores graves: una deriva autoritaria, el debilitamiento de la democracia participativa y el abandono de las bases del chavismo original. Las sanciones estadounidenses agravaron la situación, pero no explican todo. La diáspora venezolana, que supera los siete millones de personas, es el rostro más visible de la crisis humanitaria.

—¿Qué escenarios se abren, tanto para el proyecto político venezolano como para la izquierda latinoamericana?

—Para el proyecto político venezolano, todo depende de lo que ocurra en esta transición. Puede abrirse una nueva fase de la revolución bolivariana, con mayor apertura política y acuerdos con Estados Unidos, o puede marcarse el fin del proceso con elecciones ganadas por la oposición y el entierro definitivo del proyecto bolivariano. Es un escenario de futuro, no de presente ni de pasado.

Para la izquierda latinoamericana, se trata de una derrota simbólica importante. Venezuela fue durante años un símbolo de resistencia al imperialismo. Esto obliga a una reflexión profunda, también sobre los errores propios. No se puede apoyar acríticamente todo lo que hace un líder. La izquierda debe revisar el abandono de la democracia participativa y de la organización popular, elementos centrales del chavismo original que fueron desmantelados durante el madurismo.

—¿Cuáles son hoy las alternativas reales de la izquierda latinoamericana? ¿Debe resistir o reconfigurarse?

—Hoy me parece que la izquierda tiene que hacer un llamado muy fuerte al antiimperialismo. Lo que ocurrió en Venezuela puede repetirse mañana en Cuba, en México o en Colombia. Estamos hablando de países que han sido explícitamente amenazados por Trump.

Por eso, el antiimperialismo vuelve a colocarse como una bandera central para la izquierda latinoamericana.

Pero no basta con eso. También es necesario recuperar algo que se perdió en la mayoría de los proyectos progresistas: la autoorganización de los pueblos. Fortalecer los movimientos sociales, fortalecer la organización popular. Abandonar, de una vez por todas, la mentalidad de apoyo acrítico a líderes carismáticos o bonapartistas, algo que incluso se observa en Brasil.

Tenemos que pensar en alternativas desde las bases. Hacer un trabajo profundo y sostenido de organización popular. Me parece que esa es la tarea central.


*Profesor-investigador de la Universidad Autónoma de Guerrero (Uagro).