Cierra sucursal de la librería Macondo y una etapa de resistencia de la lectura en Guerrero


Emiliano Tizapa Lucena
Chilpancingo
18 de marzo de 2026

Son las 5:30 de la tarde del martes 17 de marzo, en la esquina de la calle Galo Soberón y Parra con el andador Emiliano Zapata, en el centro de Chilpancingo, un joven en la banqueta monta unas cajas de cartón a un diablito; son más de seis y, una sobre otra, forman una pequeña torre que supera los dos metros de altura. Las cajas parecen pesar porque el joven hace muecas con el rostro al encimarlas y tensa fuertemente los brazos por la dificultad de inclinar el diablito cargado hacia su espalda, para después comenzar a jalarlo hacia la avenida Benito Juárez.

 

Las cajas contienen decenas de libros que están siendo removidos de la icónica Librería Macondo, que ha anunciado el cierre de esta sucursal que cumplió 32 años en febrero de este 2026.

 

Este establecimiento, no más grande de cinco metros de ancho por diez metros de largo, guarda el aroma de tres décadas de resistencia de la mezcla del papel y la tinta, y el eco de tertulias con artistas locales que ya no están.

 

 

Mario Martínez Rescalvo, el fundador de esta librería que nació bajo un concepto de librería-café, asegura con nostalgia que el cierre de esta sucursal —que vio nacer a sus hijas y a cientos de lectores— no es el fin; es la transformación de un espacio que luchó contra la piratería y la gratuidad del libro de texto y que ahora se repliega para seguir apostando por el papel a pesar de la lectura digital.

 

Adentro de la librería, una mujer recoge los libros de los estantes y los guarda en las cajas de cartón que el joven más tarde acarreará en su diablo. Los libros están siendo trasladados a la sucursal que continuará abierta en la calle Teófilo Olea y Leyva número 33.

 

Mario es originario de Tlapa; llegó a Chilpancingo en 1974 para estudiar la preparatoria y después continuó con sus estudios de licenciatura. Mario nos recibe en una pequeña oficina tras bambalinas de la librería; ahí todavía yace un escritorio, un par de sillas y una mesita sobre las cuales lucen papeles revueltos en vísperas de ser extraídos.

 

—¿Cómo empezó su historia con los libros? —se le pregunta al dueño de la librería.

 

—Fíjate que yo empecé justamente aquí enfrente (de la librería Macondo, en el andador Zapata); estuvo la librería Universitaria. Yo ahí empecé trabajando como auxiliar de intendencia en 1978. Yo en ese tiempo estaba estudiando la carrera de Economía. Iba en tercer año y tuve la oportunidad de trabajar como interino. El amor por los libros viene de antes; aunque sin recursos, siempre en la casa había algún libro y por ahí se empieza. Yo antes, como todos los chavos sin dinero ni nada, pasaba siempre a la librería a ver qué había y todo eso. Después tuve la oportunidad, terminé mi carrera. En ese tiempo fundamos con otro grupo de compañeros la Preparatoria 29 de Tixtla y pasé a ser académico y dejé la parte administrativa y de intendencia. Yo estuve en Tixtla hasta 1983. En ese tiempo llegaba mucha gente de todo el país en el verano a Chilpancingo, a la Normal Superior a estudiar, y con otro amigo, César Vázquez, empezamos a vender libros en el pórtico del docente.

 

“Como dos veranos nos pusimos y después dijimos: ‘¿Por qué no ponemos una librería?’. Y decidimos abrir en Zapata, en 1982*, una librería que se llamó Espartaco. Como a los tres o cuatro años veíamos que no tenía posibilidades como negocio. Afortunadamente, yo tenía mi salario de maestro en ese tiempo por horas, pero resistimos porque nosotros no queríamos meternos a la venta del libro de texto, sino solamente al libro profesional, que ocupan los estudiantes de prepa para arriba. No vendíamos libros para primaria ni secundaria ni nada de eso. Y de todos modos nos buscaba la gente. En aquellos tiempos estaban las librerías Universitaria, Waldo, La Guerrero”.

 

Sin embargo, Mario sostiene que la venta del libro de texto permitió económicamente poder resistir a la librería Espartaco hasta 1994, cuando cerró sus puertas.

 

—¿Cómo se dio el nacimiento de Macondo?

 

—Tuvimos la oportunidad de que nos vendieran esta parte (el local del andador Zapata) muy barato y lo adaptamos. Ya estaba solo, mi amigo se fue a buscar otros caminos y ya no quiso seguir. El concepto de Macondo era tener abajo la librería y arriba un café-galería en el que presentar libros, que los artistas expusieran sus trabajos; como teníamos muy buenas relaciones con todos ellos, en ese tiempo vivía Javier Mariano, con el maestro Ricardo Infante, con Anaya, con muchos artistas que nos apoyaron para la idea. Lo cierto es que no nos funcionó. La gente venía muy poco. La idea del café a la que la gente viniera a leer, a escuchar música, a estar un rato tranquilo, funcionó como dos años.

 

“Se acabó Espartaco y cambiamos a Macondo. El concepto era abrir espacios y tuvimos muchas presentaciones de libros aquí. Los carteles al mismo tiempo servían como mantel. Tú venías por tu café y abajo quedaban las actividades que hacíamos”.

 

—¿Por qué llamarla Macondo?

 

—La admiración por (Gabriel) García Márquez, la admiración por el universo que creó en este Macondo mágico; me gustaba mucho. Y bueno, tuve más ideas: Zapata, por quién es (Emiliano) Zapata; también me gustaba Bolívar. Pero al último me gustó más Macondo y creo que fue muy acertado.

 

—¿Cómo ha sido el camino en estos más de 30 años en este local de Macondo?

 

—Yo creo que los libros, si tú lo ves como un negocio, no lo es. Puedes, digamos, vivir, pero mucha gente no aguanta porque apenas si salen. Yo he podido sostenerme porque tengo un salario. Cuando empezamos a vender el libro de texto, eso nos ayudó a sostener la idea y a tener opciones de ganancia. El libro de texto era el negocio, pero cuando nosotros empezamos a crecer y se acabó la venta de libro de texto, todas las librerías cerraron. Todas. Esto ocurrió más o menos hace como 12 años, a partir de que se empiezan a regalar los libros de texto.

 

Mario argumenta que Macondo buscó ofrecer libros de ciencias sociales y de literatura, ejemplares que no cualquier librería vende.

 

“Tratamos de conocer también a nuestros lectores; casi conocemos a todos y sabemos un poco qué les gusta y estamos siempre atentos con las novedades. Y eso también es una inversión que no se nota. Porque a veces traes 50 novedades y vendes dos”.

 

 

 

—¿En estos años ha cambiado el lector en Guerrero?

 

—No. Por ejemplo, ahora con los libros digitales, con los ebooks y todas estas cosas, yo me doy cuenta de que el libro de texto y el libro de papel van a seguir, van a convivir. Cuando empezó esto se decía: ‘No, ya no van a ser necesarias las librerías’. Y no, también los jóvenes, aunque son más de los celulares, también buscan el libro de papel. Y lo vemos con tantas novedades que salen de las editoriales. Si no fuera todavía redituable para ellos, sobre todo, pues no habría tantas novedades. Nosotros estamos atentos a eso, conociendo a nuestros lectores y dando un servicio: que la gente que venga a buscar un texto y no lo tenemos, tratar de conseguírselo siempre, de cualquier editorial, que no es tampoco fácil.

 

—¿En Acapulco tuvieron alguna sucursal?

 

—Como siempre venía mucha gente aquí a Chilpancingo y nos decían: ‘Abran en Acapulco, no tenemos estos libros’. Acapulco… primero, las rentas son muy caras y estábamos en el centro relativamente, en la calle 5 de Mayo, en Petaquillas; pero estuvimos tres años porque, justamente cuando abrimos allá, empezó este fenómeno que te decía y no hubo manera de sostenerla. Acapulco es especial; cerraron todas las librerías, ya no hay. Incluso había Gandhi, había Porrúa; cerraron. Sanborns se sostiene porque, a diferencia de nosotros, las editoriales le dan todo fiado y todo lo pueden devolver si no lo venden.

 

—¿Con qué editoriales empezaron en Macondo?

 

—Casi todas las editoriales, de las más importantes: Grijalbo, que ahora es Random House; Diana, Planeta, Siglo XXI, Fondo de Cultura Económica, Porrúa… Con casi todas las editoriales teníamos crédito, afortunadamente. Cuando abrimos nos apoyaron. Porque yo les dije: ‘Oigan, vamos a abrir, necesito que me apoyen con ofertas, que por lo menos un mes me apoyen’. Cada editorial anunciaba sus descuentos; por este mes, por apertura de librería Macondo, vamos a dar el 20 o el 30 por ciento. Era un aliciente para que la gente viniera a conocer Macondo.

 

—¿Qué tanto lee el ciudadano en Chilpancingo?

 

—Yo no creo que las encuestas sean como se dice. No sé ahorita cuál es el promedio de libros al año exactamente, pero Guerrero tiene sus propias características; no es lo mismo que Guadalajara o la Ciudad de México que tienen, aparte de más recursos, más universidades. Nosotros, si tú ves en Guerrero, ¿cuál es tu mercado? La Universidad y la burocracia. Y en general los que están estudiando. Yo creo que a pesar de eso, tengo amigos que nos hemos hecho amigos en 30 o 40 años de conocernos, con los que nos tomamos la copa, que vamos a comer de vez en cuando, que compran cuatro o cinco libros al mes; libros que un buen lector paga 500 o más por un libro. Entonces creo que las estadísticas no son tan certeras.

 

“Hoy tenemos justamente otra competencia, mucha competencia desleal con las propias editoriales, sobre todo los libros de texto, pero también tenemos otra competencia con los libros piratas que ves en cualquier esquina. Tú ves un libro que vale 300 en 50 pesos afuera; lo primero que piensan es que estás vendiendo el libro muy caro, pero no es cierto. Después se dan cuenta de que es pirata porque se rompe, porque no tiene todo. En Chilpancingo sí hay mucha gente que lee; nosotros nos hemos sostenido por estos amigos que leen siempre. Y siempre veo nuevos lectores, jóvenes que son de prepa que ya están leyendo; son muy pocos, pero siempre tenemos nuevos lectores”.

 

—¿Por qué cerrar esta sucursal de Macondo en Zapata?

 

—Son muchos gastos que ya no se pueden sostener. A lo mejor lo ideal sería haber cerrado aquella (sucursal de Teófilo Olea y Leyva) y dejar esta (de Zapata). Pero también se cumplen ciclos, hay que ir cerrando. Sí, siente uno feo, ya 32 años. Mis hijas cuando les dije se pusieron muy tristes porque dicen: ‘Aquí nacimos, papá’. Son muy buenas lectoras y cada vez que vienen me saquean, se llevan tres o cuatro libros y, bueno, así es esto, pero ya no se puede sostener.

“Creo que vamos a tener éxito también allá porque también fue pensada para abrir un café y, bueno, está más grande arriba, es lo doble de este lugar. También ya la pienso en abrir un café. Creo que también hay que ir pensando en jubilarnos; me voy a jubilar de la Universidad y también ya espero ir dejando esto (la librería) en otras manos. Vamos a echarle los kilos allá. Y a ver qué tanto resistimos; ni por aquí me pasa cerrarla, todavía falta, pero viendo otras experiencias, un día habría que hacer la historia de las librerías en Chilpancingo. Y verías que cerraron muchas”.

Mario asegura que la librería, como cualquier local, es muy difícil de sostener porque los impuestos “son altísimos”.

 

—¿Qué ejemplar le ha marcado en estos años en Macondo?

 

—Siempre hay, todos los años hay ejemplares. Si me preguntas a mí qué me gusta leer, yo leo, digamos, de todo, pero tengo también mis escritores preferidos: García Márquez, Vargas Llosa, Saramago. También soy antropólogo y hago investigación y tengo muchas publicaciones; entonces la lectura para mí es de todos los días, es como el pan cotidiano.

 

“Hablando de éxitos, pues por ejemplo, ahorita este año, pues el de Grandeza. El de los periodistas: Ni venganza ni perdón. El libro también de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. Y cada año hay éxitos que a veces, aunque no te gusten, son los que también te ayudan porque vendes 50. Todos los libros de López Obrador han sido éxitos de ventas, se han vendido 100 o 200 ejemplares; para una ciudad como Chilpancingo es bastante”.

 

 

—¿Por qué han perdido fuerza las ferias de libros en Chilpancingo?

 

—Como asociación hacemos dos ferias al año, por el Día Nacional del Libro y por el Día Internacional del Libro. La asociación la representa el maestro Juan Sánchez Andraca. Quisiéramos hacerla mejor en el sentido de darle mayor proyección. No es fácil hacerla como debe ser una feria. Invitar a las editoriales, que venga Siglo XXI con sus libros, no le resulta. Chilpancingo merece algo mejor. Una vez lo hicimos cuando estábamos todavía en Espartaco, pero porque nos apoyó el Gobierno del Estado; estaba de gobernador Alejandro Cervantes Delgado. Hicimos una gran feria del libro; nos apoyaron, fíjate, con el transporte de los libros, traerlos de la Ciudad de México y regresarlos. Vinieron los expositores con descuentos en los hoteles, ya nada más ellos pagaron su alimentación, pero se llenó el zócalo de puestos.

 

“No sé si antes hubo ferias de ese tipo; yo creo que es la feria más grande que se ha hecho y la idea también es que vengan autores importantes. Nosotros aquí como Espartaco trajimos a Enrique Dussel. A José Agustín como Macondo, también a Rius. El asunto es que no tenemos los apoyos; a veces hay que ir a traerlo y a dejarlo. Ojalá el gobierno dijera: ‘Queremos hacer una feria como la de Guadalajara o siquiera como la de un barrio de la Ciudad de México'”.

 

—¿Es mito o una realidad que los libros son caros?

 

—No es un mito, yo creo que los libros sí están caros ahora. Sí han encarecido; no todos, porque también hay ediciones muy económicas. Uno tiene que entender que las ediciones escolares como las de Época, por ejemplo, tú puedes tener El extranjero (de Albert Camus) por 70 pesos. Porque la de Random vale 200 pesos, por ejemplo. Los jóvenes pueden leer la edición económica. ¿Cuál es la diferencia? Las traducciones, sobre todo. Las traducciones, que a veces no son muy fieles a las ediciones cuidadas que tienen estas editoriales. Aquí tenemos unos libros de la editorial Impedimenta, por ejemplo, que se venden poco pero que son autores muy buenos. También de Anagrama, por ejemplo, que son autores muy buenos y que los ponemos a veces en oferta. Tenemos nuestras épocas de descuento, pero ciertamente no están tan baratos los libros; hay para todos los bolsillos.

 

Afuera de la librería Macondo del andador Zapata fueron colocadas unas cartulinas en los aparadores de cristal en los que se advierte que el último día de marzo de este año cerrará completamente sus cortinas.