El eterno retorno o la esencia del hombre sometido al tiempo y su continuidad
Iván Rudenko León
Chilpancingo
20 de marzo de 2026
En la premisa planteada por Nietzsche sobre el hombre sumergido en el tiempo, se da como sustento la idea de un estadio de continuidad interminable, una constante en su devenir desde una idea de lo irremediable; por ello se plantea la duda: “¿Qué te sucedería si un día o una noche se introdujera furtivamente un demonio en tu más solitaria soledad y te dijera: ‘Esta vida, así como la vives ahora y la has vivido, tendrás que vivirla una vez más e innumerables veces más’?”.
Una posible respuesta a esta elucubración ontológica sería que la mera concepción de posibilidad de repetición infinita de “esta” vida tendría la facultad de lograr una transformación inmediata en la existencia misma: o bien la afirmamos, o bien la negamos para poder cambiarla y afirmarla.
Se trata de una visión que, ante su mera posibilidad, nos obliga a reposicionarnos en la existencia para preguntarnos: “¿Y si esto se repitiera eternamente?, ¿cómo querríamos que fuera?”.
Este cuestionamiento se vuelve un imperativo categórico que “actúa de tal manera que la máxima de tu voluntad se pueda repetir infinito número de veces”.
El retorno, entonces, pensado como una tentativa, una suposición, una continuidad cíclica con capacidad de incidir directamente en la existencia de quien la asume, se vuelve una angustia en el vivir, asumiendo la esencia del devenir en un repetitivo hacer sin un desenlace, sino una proyección fatalista.
Retomando a Borges sobre las delimitaciones del manto interminable que concentra el tiempo y su despiadada acción corrosiva en nuestra finitud, se nos impone una intromisión ominosa a nuestra continuidad reflejo; por tanto, citándole de su Everness: “Sólo una cosa no hay. Es el olvido […] Los miles de reflejos que entre los dos crepúsculos del día tu rostro fue dejando en los espejos y los que irá dejando todavía. Y todo es una parte del diverso cristal de esa memoria, el universo; no tienen fin sus arduos corredores”.
“Las huellas de tu paso en este ancho corredor se van extendiendo en tu lento/apresurado andar, matizando una idea, pues a lo lejos solo se percibe tu esfuerzo entre el barro para alcanzar un paso a otro, una línea circular que se desdobla y te deja en una persecución de ti, interminable, en la que sólo puedes ver tu espalda secuencialmente. Solo reflejos del tiempo que inexorable carcome los cuerpos y su esencia, machacando y masticándonos hasta volver abono de nosotros mismos para fabricar y parir la continuidad del objeto y reflejo en una infinidad hasta la eternidad, mirándose como un círculo en movimiento ininterrumpido”.
Por tanto, el Año Nuevo conforma uno de los rituales antiguos que aún se mantienen en nuestra época. Estos rituales emulan la destrucción y reconstrucción del mundo de manera secuencial en una acción de continuidad y destrucción periódica por deidades inimaginables, sustrayendo los elementos primordiales del Eterno Retorno.
Los mitos siempre son el relato de ciertos acontecimientos místicos, la intervención de los dioses en el mundo de lo profano. Intervención que siempre deviene en la creación de algo nuevo. En este sentido, el Año Nuevo conmemora, en tanto mitologema del retorno eterno, un acontecimiento cosmogónico; es decir, nos involucra en la participación e intervención de los dioses en la creación del mundo.
Se festeja culturalmente la llegada del Nuevo Año desde la idea de explosión o conclusión cósmica que afecta al mundo, o en la idea del tumulto que considera la renovación anual, según las formas del mito de origen, que desempeña el papel de mito cosmogónico.
Recordando o continuando la festividad de las calendas romanas, en su fin de ciclos lunares y solares —en este caso, el fin de un ciclo (31 de diciembre) o al principio del ciclo siguiente (1 de enero)— tienen lugar una serie de rituales que se encaminan a la renovación del mundo.
En muchas culturas el sacerdote oficia el ritual de Año Nuevo recordando de qué forma los dioses intervinieron en el mundo, destruyeron a sus enemigos o se deshicieron de enfermedades, para luego recrearlo y renovarlo. “En un mundo vivo, habitado y desgastado por seres de carne y hueso, sometido a la ley del devenir, de la vejez y de la muerte… se reclama una renovación, un fortalecimiento periódico”.
En Egipto, el Año Nuevo estaba asociado a la entronización de la coronación de un nuevo faraón, la cual se considera “como la creación de una nueva época, después de una peligrosa irrupción de la armonía; renovación diurna que comienza cada nuevo ciclo anual”.
Mircea Eliade dice lo siguiente: “La renovación por excelencia se opera en el año nuevo, cuando se inaugura un nuevo ciclo temporal. Pero la renovación efectuada por el ritual del Año Nuevo es, en el fondo, una reiteración de la cosmogonía. Cada Año Nuevo se reinicia la creación. Y son los mitos los que recuerdan a los hombres cómo fue creado el Mundo y todo lo que ha tenido lugar a continuación”.
Se despide con exequias el fenecimiento del año viejo y se honra el nuevo, en paralelo a una ceremonia de inhumación bajo la idea de inmolación de los males que aquejan al hombre. Un ritual de invocación de las fuerzas naturales que reconstruyan la estabilidad que opera en el mundo.
Desde una idea del arcaísmo elemental de creencias primarias, nos lleva a retomar las creencias primigenias de varios ciclos, tales como las que en Egipto implican que el Año Nuevo es la lucha de Ra contra la serpiente Apophis, mientras que en Mesopotamia es la lucha de Marduk contra el dragón Tiamat. Pero en el cristianismo es Miguel, el arcángel que lucha contra el Dragón, como bien aparece en el Libro del Apocalipsis.