La silla vacía, la irrenunciable
decisión de no olvidar
Arturo de Dios Palma
Atoyac
El lugar es pequeño, estrecho, apenas son dos cuartos conectados por un pasillo. Todo el espacio está ocupado, nada está vacío, a excepción de una silla.
La silla vacía es un museo, un memorial para las víctimas del terror que desplegó el Estado a través del Ejército contra los pueblos de Coyuca de Benítez, Atoyac, San Jerónimo y Tecpan, en la Costa Grande de Guerrero, durante casi una década.
Al museo lo nombraron La silla vacía por una razón simple: desde los años 70 en cientos de casas todos los días familias se topan con eso: una silla vacía, una ausencia.
La silla vacía es la metáfora de la tragedia de estas familias, es el símbolo de la ausencia, de la espera —de la interminable espera—, del dolor perenne.
La silla vacía también es un símbolo que indigna, que incómoda.
¿Hasta cuándo dejará de estar vacía esa silla?
La pregunta es retórica, porque todos sabemos que dejará de estar vacía hasta que haya verdad, justicia. Hasta que vuelvan sus familiares.
El museo La silla vacía forma parte de las oficinas de la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos y Víctimas de Violaciones a los Derechos Humanos en México (Afadem). Son dos cuartos repletos de fotografías, de rostros, de personas, de historias, de vidas. Todo está condensado. Es un recorrido por el dolor, por la ausencia. Es un recorrido por la aplastante impunidad que impera en este país. Ahí están los rostros de los que fueron desaparecidos por el Ejército en los años 70 y 80, también están de los que desapareció el crimen organizado.
La silla vacía es también un recorrido por la resistencia, por la fortaleza, por la irrenunciable decisión de no olvidar. Es memoria.
El museo lo dirige Tita Radilla Martínez, vicepresidenta de la Afadem.
Es mediodía del 1 de diciembre de 2025, Tita Radilla está muy ocupada. Desde temprano llegó a la Afadem junto con otras mujeres a barrer, a limpiar las oficinas. Estuvo al pendiente del café, del salpicón y del arroz blanco que sirvieron a todos los que llegaron.
La Afadem fue el punto de salida hacia el panteón de Atoyac donde montaron una ofrenda a Lino Rosas Pérez y a Esteban Mesino Martínez, dos combatientes que fueron asesinados por el Ejército el 2 de diciembre del 1974 en El Otatal, en la sierra de Tecpan, junto al líder guerrillero, el profesor Lucio Cabañas Barrientos. En ese mismo ataque, fue detenido por militares Marcelo Serafín Juárez, un adolescente de 14 años, que hasta ahora está desaparecido.
Sin embargo, Tita Radilla se toma unos minutos para explicar —a quien lo pide— en qué consiste el museo. Hace el recorrido una y otra vez. Explica que son tres exposiciones permanentes. La primera: Voces acalladas, vidas truncadas, dedicada a los campesinos y campesinas, estudiantes, amas de casa, combatientes, familiares de combatientes que fueron asesinados y desaparecidos en medio del avasallamiento del Ejército por terminar la guerrilla de Lucio Cabañas.
La segunda es Montaña invisible, una pared llena con los rostros de la madres, padres, hermanos, hermanas, hijos e hijas que murieron buscando a sus padres, madres, hermanos, hermanas e hijos e hijas.
“Le pusimos Montaña invisible porque ese trabajo que hacen los familiares casi nadie lo ve pero ahí está y es un trabajo tan grande como una montaña”, define Tita Radilla.
La tercera es Manto de impunidad, son fotografías a color con rostros más recientes, son los desaparecidos de la última época de terror que desató el ex presidente, el panista Felipe Calderón Hinojosa, cuando declaró la guerra contra el narco y puso a los militares en las calles; estrategia que se mantiene intacta hasta hoy con el gobierno de la morenista Claudia Sheinbaum Pardo.
En total son unas 200 fotografías las que integran las tres exposiciones del museo. Todas, explica Tita Radilla, fueron entregadas por los propios familiares. Durante cuatro años todos los domingos la Afadem colocó una mesa en el zócalo de Atoyac para recopilar todo —fotografías, objetos personales, ropa— que ayudara a construir la memoria, a combatir el olvido.
La Afadem tiene un registro de 630 casos de desaparición forzada ocurridos de 1967 a 2001 en Guerrero y de esas desapariciones, 473 sucedieron en Atoyac.
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Tita Radilla tiene 75 años de edad, es imparable. En la semana previa a la conmemoración de los 51 años de la caída en combate de Lucio Cabañas estuvo en la Ciudad de México exponiendo el caso de su padre; también estuvo en Puebla y en Atoyac participó en todas la actividades. Su fortaleza contrasta con su voz afable.
Desde hace 41 años, Tita Radilla busca a su padre, Rosendo Radilla Pacheco, detenido en un retén militar, el 25 de agosto de 1974, en Atoyac.
Son 41 un años de búsqueda porque, dice Tita Radilla, los primeros siete sólo se dedicó a esperar.
“Los primeros siete años no sabía qué hacer, sólo pensaba en mi padre, en que volviera. Recuerdo que me iba a Chilpancingo, pensando que allá iba a llegar y cuando estaba allá me quería venir para acá porque yo sola me decía: ¿y si mi papá ya llegó a la casa en Atoyac? Y me venía de vuelta, así fueron esos siete años”, cuenta Tita Radilla en la puerta del museo.
De esos siete años, precisa, recuerda muy poco, casi nada, sólo que esperaba ver entrar a su casa a su padre. Cuando el Ejército detuvo a Rosendo Radilla, ella tenía 25 años, tenía a una hija y estaba embarazada. En ese tiempo tuvo otras dos hijas y un hijo.
“Ahora veo las fotos de mis hijas y de mi hijo en sus clausuras de las escuelas donde yo salgo, pero no recuerdo que yo haya estado ahí”, dice.
Fueron años duros, esas idas a Chilpancingo y esas vueltas a Atoyac le impedían llevar una vida en familia, atender a sus hijas e hijo. Era, dice, un impulso que no podía controlar.
“Mi esposo ya sabía que cuando no me encontraba en la casa era porque ya me había ido a Chilpancingo”.
Estar en Atoyac era muy difícil, la embestida del Ejército no terminó con el asesinato de Lucio Cabañas, siguió avasallando pueblos completos, desapareciendo y asesinando a todo lo que olía al líder del Partido de los Pobres.
A ese ambiente, dice Tita Radilla, se le sumó la crueldad de una vecina:
“Había una vecina que no sé porqué lo hacía pero cada vez que podía llegaba a mi casa y me decía: `Oye: dicen que en Tecpan el Ejército tiene a un grupo y que los está golpeando bien feo, que le cortó la piel de la planta del pie y los pone a caminar en la playa caliente. ¿No estará ahí tu papá?´ Luego me decía: `Oye: dicen que en la sierra los militares enterraron a un grupo de hombres, que los torturaron hasta que los mataron. ¿No estará ahí tu papá?´ Siempre que me decía algo terminaba con eso: `¿No estará ahí tu papá?´ Eso me ponía mal. Dejó de ir hasta que mi esposo la descubrió y la corrió”.
Tras esos siete años, un día Tita Radilla se dio cuenta que no podría seguir sólo esperando. Los siguientes tres logró estabilizarse, dejó de ir y venir a Chilpancingo, se enfocó en el cuidado de sus hijos.
En 1984, todo dio un giro. Murió su madre que era la encargada de la búsqueda de su padre. Su madre era la que iba al cuartel Número Uno en la Ciudad de México, a las cárceles clandestinas en Acapulco, a la base aérea en Pie de la Cuesta, al cuartel en Atoyac preguntando incesantemente por Rosendo Radilla. Ese mismo año asesinaron a su esposo que estaba metido en la lucha por mejoras laborales para choferes de la línea de autobuses Fecha Roja, propiedad del ex gobernador, el priista y cacique Rubén Figueroa Figueroa.
Tita Radilla tomó la exigencia de justicia y de presentación de su padre y como costurera sostuvo un tiempo a sus cinco hijos. En 1992 fue nombrada presidenta del Comité de Familiares de Personas Detenidas y Desaparecidas de la Costa Grande de Guerrero y, desde entonces, se convirtió en una de las buscadoras de personas desaparecidas más insistentes del país.
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El museo La silla vacía y la Afadem ocupan un pequeño espacio en la entrada de lo que fue el cuartel del 27 Batallón de Infantería del Ejército, en Atoyac. El resto del predio, es ocupado por oficinas del ayuntamiento, por la Policía Estatal, la Ministerial, la Municipal y Protección Civil.
La Afadem lleva unos 20 años instalada en el cuartel, primero estuvieron hasta el fondo, en un espacio incómodo y desde hace 12 en la entrada. El museo se inauguró en septiembre del 2024.
El cuartel del 27 Batallón de Infantería del Ejército fue el principal centro de las operaciones de contrainsurgencia contra la guerrilla que encabezó Lucio Cabañas. De hecho se construyó expresamente para eso en 1971.
Antes, el Ejército tenía un pequeño cuartel en el centro de Atoyac, al lado de la iglesia, que fue construido en un terreno que donó Rosendo Radilla, el padre de Tita Radilla.
Rosendo Radilla fue visto por última vez en el cuartel del 27 Batallón de Infantería.
Son muchos los testimonios que describen a ese cuartel como un centro de concentración y tortura.
El 5 de septiembre de 1971, el Ejército lo tomó por asalto la comunidad de El Quemado, en la sierra de Atoyac, llegó a la casa de los Morales Piza, como a casi todas.
Los obligaron a reunirse en la cancha. Ahí a hombres, mujeres, ancianos y adolescentes los metieron a una casa abandonada, conocida como la Casa de doña Juana.
Metieron a don Darío Morales Navarrete y a sus hijos Guillermo, Eliseo, Abelina y Clemente de 14 años. En esa casa comenzó la tortura: los golpearon, los amarraron de manos y pies, les vendaron los ojos, les metieron trapos en la boca.
Guillermo ahora tiene 74 años de edad. Recuerda esos días:
“Ese día llegó un soldado a mi casa, y me dice: “dice el general que se vayan a la cancha”. Llegando nos metieron a la Casa de doña Juana. Al otro día, como a las 8 de la mañana, nos sacaron. Nos subieron al helicóptero para llevarnos al cuartel de Atoyac. Llegando allá me levantaron del pantalón y me llevaron corriendo entre dos soldados. Me metieron un trapo en la boca y comenzó la tortura: me metían en el agua hasta casi ahogarme, me desabrochaban el pantalón y me daban toques eléctricos, nos golpearon. Estuvimos 18 días en el cuartel”.
Ese 5 de septiembre, el Ejército detuvo a 93 campesinos y campesinas; los acusó de formar parte de la guerrilla de Lucio Cabañas.
El Ejército torturó a todos, no todos sobrevivieron: siete no resistieron los golpes, los toques de electricidad, los hundimientos en el agua, casi ahogamiento, los días sin agua ni comida. Murieron. Otros siguen desaparecidos: Gregorio Flores, José Veda Ríos, Aurelio Díaz, Salustio Valdés, Ángel Piza, Mauro García e Ignacio Sánchez; este último murió en la cárcel en plena tortura pero su cadáver no fue entregado a su familia.
Otros 24 fueron sentenciados a 30 años, fueron liberados años después.
A los pobladores de El Quemado los acusaron de haber emboscado a militares del 50 Batallón de Infantería el 23 de agosto de 1972 en el punto conocido como Arroyo Oscuro. Esa vez murieron 18 soldados.
“Al inicio hacíamos protestas, veníamos al cuartel pero nos quedábamos en la entrada, no avanzamos, no había ningún impedimento pero aún así no entrábamos, no sé porque, pienso que teníamos temor de encontrarnos con algo. Cuando entramos por primera vez, encontramos como una llanta, grandota, no sé para qué la ocupaban, luego volvimos y ya no estaba, pero pienso que algo tenía que ver con todo esto”, dice Tita Radilla.
—¿Han hallado algo?
—No hemos hallado nada hasta ahora, se han hecho excavaciones, cuando estuvo la Comisión de la Verdad de Guerrero, la entonces Procuraduría General de la República hizo excavaciones, se hallaron pedazos de ropa pero ellos dijeron que era basura. Hasta 2019 se hicieron seis diligencias. En 2024 nos pusimos tercos para que hicieran otra diligencia que no querían hacer. Se hallaron pedazos de ropa, una manga, calcetines, huaraches. Sacaron mangas con puños, esas camisas son las que usaban los campesinos, son prendas de esa época. Nosotros decimos que eso no es basura, es ropa que posiblemente usaron las personas que trajeron acá.
Tita Radilla cuenta que cuando se cambiaron a la entrada del ex cuartel descubrieron que era un cuarto totalmente cerrado, con bardas de medio metro dentro como si fuera un laberinto.
“Lo que nosotros pensamos es que por aquí los metían y construyeron esas bardas así para que no intentaran correr”, explica.
Ese cuarto fue remodelado por ayuda de la organización civil Fundar para la instalación del museo La silla vacía.
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—¿De qué me acusa?— preguntó Rosendo Radilla al militar que le impidió subir de nuevo al autobús.
—De componer corridos —soltó sin más el soldado.
—¿Y eso es un delito? —reviró Rosendo Radilla.
—No, pero mientras ya te chingaste.
Era la mañana del 25 de agosto de 1974, Rosendo Radilla viajaba con su hijo menor, Rosendo Radilla Martínez. En un tramo de la carretera federal Acapulco-Zihuatanejo, entre las comunidades de Alcholoa y Cacalutla, en Atoyac, en un reten militar ordenaron al chofer del autobús Fecha Roja que se detuviera.
Los militares bajaron a todos los hombres. Esculcaron las maletas y tras la revisión, le impidieron subir de regreso a Rosendo Radilla y su hijo.
Este es parte del relato de Rosendo Radilla Martínez, testigo de la detención de su padre por parte de militares.
Desde entonces nadie sabe dónde está Rosendo Radilla. Desde entonces su familia lo busca.
Lo último que supieron de Rosendo Radilla es que de ese retén fue trasladado al cuartel del 27 Batallón de Infantería.
Rosendo Radilla era campesino, ganadero, cafeticultor, fue secretario general del Comité Regional Campesino, fue alcalde de Atoyac.
También fue compositor. Escribió corridos, sobre todo, de los que hablan de los problemas sociales de su época. Le escribió corridos a Genaro Vazquez Rojas y Lucio Cabañas.
Escribió el corrido “18 de mayo” que narra la represión que sufrieron el 18 de mayo del 1967 en el zócalo de Atoyac padres y madres de familia que protestaban porque la directora primaria Juan N. Álvarez, Julia Paco Pizá, quien pretendía imponer cuotas y uniformes a estudiantes de muy bajos recursos. Esa vez, murieron cinco personas, entre ellas una embarazada y, tres más quedaron heridos. Lucio Cabañas encabezó la protesta, alcanzó a huir hacia la sierra y desde ese momento se dedicó a conformar la guerrilla.
“Voy a cantar un corrido,
señores pongan cuidado,
yo les contaré la historia
de lo que en Atoyac ha pasado.
Se regó sangre inocente
por las fuerzas del Estado.
Uno fue Arcadio Martínez,
otro Regino Rosales,
también Donaciano Castro
y don Prisciliano Téllez,
porque el gobierno de Abarca
todo arregló con las muelles.
Era un 18 de mayo,
como a las 11 sería,
en la plaza de Atoyac
toda la gente corría
de ver a sus camaradas
que uno tras otro caían”.
El caso de Rosendo Radilla se volvió emblemático por todo lo que ha logrado su familia.
En 2009, la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Coidh) emitió una sentencia que obligó al Estado por primera vez a reconocer una desaparición forzada.
Esa resolución también obligó a que se reformara el Código de Justicia Militar, es decir, que en casos donde esté involucrado un civil, los militares deben ser sometidos a juicios civiles y no militares.
La Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos (CMDPDH), organización que acompaña el caso, explicó que la sentencia contribuyó a la adecuada tipificación del delito de desaparición forzada y a que las víctimas puedan exigir copias de sus carpetas de investigación.
Ese logro no ha sido suficiente: Rosendo Radilla no ha regresado con su familia, ni vivo, ni muerto.
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Don Hilario Mesino Acosta, 87 años de edad, recorre con la ayuda de su bastón una y otra vez una de las salas de La silla vacía. Pregunta dónde está la fotografía de Alberto, su hermano.
—Ese es —le dice Tita Radilla señalando la parte alta de la pared.
—¿Ese es? —pregunta incrédulo.
—Sí, ese es Hilario —dice esta vez con seguridad para terminar con la búsqueda de don Hilario.
—Es que ya no alcanzo a ver —justifica su insistencia don Hilario. Luego explica que las cataratas tienen invadidos sus ojos.
La fotografía de Alberto está en la exposición Voces acalladas, vidas truncada.
A Alberto, cuenta don Hilario, se lo llevó el Ejército el 18 de julio de 1974 en la comunidad serrana de Agua fría. Tenía 19 años. Fue a esa comunidad a recibir un apoyo gubernamental y los militares lo detuvieron y se lo llevaron.
Desde entonces no lo volvieron a ver. Lo último que supieron de Alberto fue apenas hace un año, cuando se publicó una lista de 186 personas que pudieron haber sido víctimas de los vuelos de la muerte que implementó el Ejército en esos años.
“Nosotros nunca supimos si el chamaco andaba o no con Lucio Cabañas, pero aún así el Ejército se lo llevó, nosotros creemos que alguien lo delató con el Ejército”, dice.
En plena búsqueda de su hermano en el museo, don Hilario aprovecha para hablar de su madre, Juana Acosta Martínez.
“Carlos Montemayor contó la lucha de mi madre en su libro (Guerra en el paraíso)”, dice con orgullo don Hilario.
No es para menos, a doña Juana Acosta se le recuerda como una de las primeras madres que salió a buscar a los hijos desaparecidos en medio de la represión del Ejército. Fue una mujer que dejó de ser partera y campesina para convertirse en buscadora, de las primeras buscadoras de este país.
“Mi mamá murió buscando a mi hermano, nunca paró, ella iba a todos lados, donde sea se metía, no tenía miedo, el único miedo que mostraba es que a nosotros (los otros hijos e hijas) nos pasara lo mismo que Alberto”, dice.
Don Hilario recuerda que inició en la lucha social hasta que su madre murió, les tenía estrictamente prohibido participar, en ese momento, el riesgo de que el Ejército le arrebatara otro hijo era grandísimo.
Después de la muerte de su madre, dice, fundó con Benigno Guzmán Martínez la Organización Campesinos de la Sierra del Sur (Ocss). La Ocss también tiene su propia historia: en esta nueva etapa de represión, a don Hilario ya le asesinaron a su hijo, Miguel Ángel (2005) y a su hija, Rocío Mesino Mesino.
El 1 de diciembre, La silla vacía fue muy visitado. Ahí estuvo doña María Herrera Magdaleno. Ella no tuvo problemas: de inmediato ubicó las fotografías de Raúl Trujillo Herrera y Jesús Salvador Trujillo Herrera, sus hijos. Están en el pasillo, en la exposición Manto de impunidad.
Raúl y Jesús Salvador fueron desaparecidos en Atoyac el 28 de agosto de 2008, junto con otros cinco hombres más. Todos había llegado a este municipio para trabajar.
En Atoyac comenzó la lucha de doña María Herrera, sí, ahí apenas comenzó. La familia Trujillo Herrera se enfocó a la búsqueda de Raúl y Jesús Salvador. Las búsquedas, las eternas vueltas ante las autoridades mermaron la economía familiar, así que Gustavo y Luis Armando, hijos de doña María Herrera, salieron de Michoacán rumbo a Veracruz a trabajar.
El 21 de septiembre de 2010, Gustavo y Luis Armando fueron desaparecidos en un retén montado por policías municipales y presuntos integrantes de Los Zetas cerca de Poza Rica, Veracruz.
Doña María Herrera no ha parado de buscar a sus cuatro hijos, para todos lados trae colgada sus fotografías en el cuello. No los ha hallado, pero cada vez que habla, su voz retumba.
María Argüello Vazquez conoce a la perfección el museo. Es visitante recurrente.
María fue combatiente junto a Lucio Cabañas. Sobrevivió a varios enfrentamientos, el más duro, cuando el Ejército rescató a Figueroa Figueroa.
En el museo está la fotografía de su pareja, Prisciliano Medina Mojica, un guerrillero que murió en combate y la de su madre, Leonarda Vázquez Aguirre.
La de Leonarda Vázquez está en la exposición Montaña invisible: murió buscando incesantemente a su esposo —el padre de María— Francisco Argüello Villegas, a quien militares lo sacaron de su casa en la comunidad Finca vieja, en la sierra de Tecpan, el 29 de octubre.
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