Los labradores del sonido
Iván Rudenko León
Chilpancingo
6 de marzo de 2026.
Se cuenta que la elaboración de las cosas tuvo un principio que se remonta al inicio de todo, a la labor creadora de los antiguos elementales, sosteniéndose en los vestigios que se han venido acuñando en el soplo del tiempo, de persona a persona, entre el murmullo de los árboles, en la brisa de los montes, en las paredes. Este encargo ha sido bordado y registrado por los más sabios. Los que resguardan el tiempo y sus pasajes, son ellos quienes han almacenado la historia del mundo, por eso, en un acto de buena voluntad, son quienes florecieron en un fruto la historia de los sonidos y la dejaron marinar en el rocío que escurre al llegar la mañana.
Estos ancianos sabios, cuentan que, en el umbral de todo, la vastedad estaba repleta de silencio. Las cosas aún estaban inconclusas, los sonidos no estaban hechos aún, reposaban en los adentros de las cosas, por ello, los dioses primigenios del monte, esos que nacieron el mundo y todo lo que hay arriba y lo de abajo, empezaron a labrar esos faltantes. Era por ello que decidieron tejer manualmente cada uno, usaron arcillas, maderas, plumaje, tintes, piedras preciosas, viento, etc., aun así faltaba algo, todo estaba incompleto. La oquedad del mundo era por su falta de timbres, así que decidieron pedir ayuda.
Al ver que los picos de las aves servían para atravesar las cortezas más gruesas de los árboles, acordaron delegarles la función de abrir el caparazón que guardaba la esencia de todas las cosas, aquella que callaba el trino de sus almas; pudieron conversar con ellas y señalarles su trabajo, siempre yendo en parvada, para apresurar su encomienda, razón por la que les quedó la costumbre de volar en grupo.
Se fueron por la vida destapando el brillo de cada cosa que había en la tierra, fue así como llego una fuente torrencial del sonido, quebrando las cortezas que los guardaban, tejiendo un manto al mundo multicolor y fuente de timbres que se tenían almacenados, atrapados; encontraron una dificultad en los hombres, pues ellos tenían muy al fondo su trino, así que llamaron al cenzontle que tenía en su interior guardadas una gran cantidad de voces, fue este quien paso una noche entera tejiendo un sonido que lo caracterizara de los demás.
Es de tal manera que les bordaron sobre sus gargantas los murmullos del corazón, timbrándoles el alma, se dice que fue de esta manera como se labró y nació la palabra.
Así que, al darse cuenta esos viejos dioses la tarea encomendada tan extenuante, dieron descanso a los pájaros, quienes fueron a dormir para muy temprano seguir adelante en la mañana siguiente con su tarea; éstos despertaron por la madrugada para apresurarse, de esa manera en la oscuridad empezaron su camino, pero que los cenzontles ya habían terminado de tejer voces variadas a los hombres, como ropas calzadas en formas distintas, dando por ello, un despertar distinto, bullicioso, armonioso, ya todo era sonido, era júbilo y las danzas tenían ese faltante, todos eran felices, aprendiendo los idiomas de cada uno, que sonaban desde muy lejos y muy cerca, llovían las palabras en el viento, era un torrencial vibrante, del agua, ríos y océanos inmensos, a los árboles, al cielo con sus truenos, a la lluvia, al relámpago, al mundo.
Los mensajeros voladores ya habían abierto las vasijas, así florecieron las notas y sonaba cada cosa con su propia música.
Los humanos, que habían recibido el don del pájaro de los mil cantos, aprendieron a elaborar canciones, pronunciar poemas y entonar alabanzas, por eso los dioses los enviaron a poblar la tierra y llevar palabra regalada a todos los rincones.
Así, los señores de la vida, los ancianos sabios, repartieron el tiempo y la lengua, el sonido, la oscuridad y la luz. A cada quien le calzaron su nota musical, labrándole desde el alma su propio sonido.