María Argüello, la guerrillera que
estuvo cerca de Lucio Cabañas

 

Arturo de Dios Palma

Atoyac

 

Son las 5 de la mañana del 8 de septiembre de 1974, Ramón ordena que preparen té y que después limpien sus armas. Todos están agotados, caminaron casi ocho horas seguidas. Pararon porque el candidato del PRI a la gubernatura de Guerrero, Rubén Figueroa Figueroa y su secretaria Gloria Brito no pudieron caminar más. Descansaron unas cuatro horas, aunque nadie tuvo un sueño tranquilo. Se acostaron con la duda si las lucecitas que salían de la espesa vegetación eran cocuyos o las linternas de los militares. 

—Son los soldados, nos tienen rodeados— advirtió varias veces al grupo El Chango y Xóchitl mientras se instalaban cerca de la comunidad La Pascua, en la sierra de Atoyac.

—Ustedes nos están matando del miedo, siempre están diciendo eso y nunca pasa nada   —les reprochó parte del grupo.  

El sol apenas comienza a despuntar, 25 combatientes van con Ramón, el encargado del grupo. Le avisan que se irán, que tienen permiso.

Los demás intentan convencerlos. Les repiten lo que ya saben: que es mejor que se queden, que un día antes otro grupo fue emboscado por el Ejército y murió Juan Colorado. Les recuerdan que el cerco militar es cada vez más estrecho y que, por ahora, es más fácil que los agarren en los caminos que metidos en la sierra. 

Los 25 se mantienen firmes, dicen que ya llevaban mucho tiempo internados en la sierra. Después de una breve discusión, dejan sus rifles parados, en fila, sobre un tronco y se van. 

Rosario toma su arma, la comienza a limpiar, no está de acuerdo del todo, piensa que los pueden atacar justo cuando las armas están desmontadas. Aún así obedece. Se escucha un disparo. Un disparo —un solo disparo— es la señal de que el Ejército está cerca, apunto de atacar. Ramón intenta tranquilizar al grupo, dice que tal vez se le salió un tiro a Sebas, el encargado de la guardia ese día. Viene un silencio breve. Luego se rompe con una ráfaga, luego con el estruendo del helicóptero que sobrevuela pegado al campamento. Luego un granadazo. Todo es desorden, las ramas de los árboles caen, una nube de polvo se levanta. Todos gritan, todos corren. Los disparos no cesan, son indiscriminados.

Rosario corre a agarrar una de las armas que dejaron paradas en el tronco. Dispara sin objetivo claro, lo hace por inercia. En medio del ataque, las palabras de Juan Colorado, su pareja, retumban en la cabeza: “cuando el Ejército nos ataque no pierdas de vista a Ramón, él conoce la sierra como nadie, él te va a sacar”. 

Eso hace, con la mirada busca a Ramón y corre hacia dónde está. Se agrupa con Ramón y Martha, su pareja, se une Celia, Minerva, René, Esteban y El Kalimán, que minutos antes se había ido de permiso, pero los balazos lo regresaron de inmediato.

Ramón toma el control del grupo, ordena disparar, no dejar de disparar. Da otra orden, que no se separen, porque el que se separe se queda. Se tiran al fondo de una cañada, se arrastran, andan a gatas, se revuelcan, corren. Se alejan. Los disparos se escuchan cada vez más lejos. Logran salir del cerco del Ejército. 

Rosario y el grupo se van abriendo brecha entre la tupida vegetación. En las siguientes horas emprenden una caminata casi interminable. Todos sus movimientos son sigilosos. Toda el área está infestada de militares. 

Por fin salen de la vegetación y ven a lo lejos un “parejo” bonito con casas pero lleno de “gobierno”. Deciden quedarse en la loma, escarban un pozo en la pared del cerro para protegerse del clima. Optan por quedarse, cerca hay un arroyo y sembradíos de milpas. Tienen agua y comida a disposición, sin embargo, todo lo hacen en silencio, saben que tienen que pasar desapercibidos.  

Así pasan los días, las semanas. Sobreviven comiendo hojas de ciruela, elotes crudos, retoños de palma, platanillos, una raíz tipo camote, bajan de vez en cuando al arroyo por agua. 

Ya es noviembre, han pasado dos meses desde el enfrentamiento. Están agotados. El Kalimán toma la iniciativa: 
—Yo ya me voy —dice decidido. 

—Somos ocho, ¿qué vamos a hacer con tanto gobierno? —plantea Rosario

Ninguno tiene respuestas. Sin embargo, todos aceptan la propuesta de El Kalimán. No tienen un plan concreto. Pasan horas tirados en el monte pensando. No le queda de otra: de las únicas salidas que tienen es que contactar a la gente del pueblo cercano y conseguir ropa. Así lo hacen. Lo que sigue es salir a los caminos y buscar acercarse a Atoyac. 

Ramón, Martha, René y Esteban al final deciden quedarse, tomar otra ruta, otro plan. El Kalimán está decidido y Rosario, Celia y Matilde lo siguen, tampoco tienen mucho margen, las tres están embarazadas y necesitan ayuda, alimentación. 

El Kalimán y las tres mujeres arrancan con el plan, toman la carretera de Río Santiago pero se dan cuenta que está invadida por los militares, se vuelven a meter a las huertas, se esconden. No se sienten seguros, no saben ni qué van a decir si los detienen. 

A una se le ocurre que digan que son hijas de El Kaliman, el plan es creíble. El Kaliman tiene 60 años, es alto, robusto; ellas jóvenes. Rosario tiene 16 años. Vuelven a la carretera hasta llegar a Río Santiago. Se sientan en una tienda, el hombre les ordena que compren unos refrescos.   

De inmediato se acerca un militar. Rosario tiembla de miedo, pero disimula. Van a la tienda a comprar refrescos y galletas.

—¿A dónde van jefe? —husmea el militar.

—Llevo a estas chamacas a un baile a Atoyac, se casa un familiar. 

—¿Son sus hijas?

—Sí, son mis hijas. 

—Ahorita pasa la pasajera —dice el soldado y toma distancia. 

Rosario, Celia y Martha regresan con El Kalimán, intentan comerse con calma las galletas y no devorarlas por el hambre acumulado que tienen. 

La camioneta pasajera llega, el militar la detiene. 

—Llévate al jefe y a sus hijas a Atoyac— ordena. 



***

María Argüello Vázquez está parada frente a la tumba de Esteban Mesino y Lino Rosas, combatientes que murieron a lado del profesor Lucio Cabañas Barrientos, en El Otatal, en la sierra de Tecpan, el 2 de diciembre de 1974, tras un enfrentamiento con el Ejército. En ese mismo ataque, fue detenido por militares Marcelo Serafín Juárez, un adolescente de 14 años, que hasta ahora está desaparecido.  

Dice unas palabras, los recuerda como hombres valientes que lucharon hasta el final.

María tuvo una suerte distinta a la Esteban Mesino y Lino Rosas, logró a sobrevivir uno de los enfrentamientos más duros que padeció la guerrilla de Lucio Cabañas. 

María tiene 67 años, hace 51 en el grupo guerrillero fue conocida con el alías de Rosario

La noche del 5 de abril de 1974, María llegó a la comunidad de Caña de Agua, ahí estaba la Brigada Campesina de Ajusticiamiento del Partido de los Pobres.

“Cuando llegué al grupo me quedé sorprendida pero sentí que ya no podía regresar, tenía miedo que me regañara mi papá, que mis vecinos se burlaran de que me había ido así”, dice. 

Al otro día, Juan Colorado la presentó con el grupo y con Lucio Cabañas. 

—¿Estás aquí a la fuerza? —le soltó Lucio Cabañas en el primer saludo.

—No profesor. 

—Aquí nadie debe estar a la fuerza, dinos la verdad porque no queremos problemas con tu familia. 

María le repitió a Lucio Cabañas que no estaba a la fuerza. 

De inmediato realizaron una asamblea para decidir que se podía quedar en el grupo o no. La asamblea la aceptó, pero Lucio Cabañas ordenó una comisión encabezada por Ramón —uno de sus hombres de confianza, recuerda María— para que fuera hablar con la familia de María. 

Al tercer día acudieron a comunidad de Finca vieja, en la sierra de Tecpan. Don Francisco Argüello Villegas estaba molesto, pidió que le dijeran a su hija que se regresara, que era muy peligroso que estuviera en ese grupo. María se negó y se quedó. 

“Cuando yo llegué eran como 70 los que integraban el grupo, la mayoría eran hombres pero sí había mujeres, unas chamaquitas como yo, de 16, 17 años, pues me quedé bien sorprendida de todo y también me dio miedo porque dije: si pasa algo yo qué voy a hacer”. 

De acuerdo a distintos registros, en la guerrilla que encabezó Lucio Cabañas participaron por lo menos 23 mujeres, entre ellas María; Simona de la Cruz Martínez (Celia); Ángela Ocampo Martínez (Alicia); Rosa Ocampo Martínez (Estela); María de Jesús Fierro Cabañas (Martha); Guillermina Cabañas Alvarado (Hortensia); Dora Mendoza Sosa (Sofía); María Félix (Minerva); Ana María Trujillo (Bertha); Ana María Ríos García (Arminda); Marina Ávila Sosa (Silvia); María Isabel Ayala Nava (Carmen),  pareja de Lucio Cabañas; y las de seudónimo Rosario, Beatriz y Xóchitl. 

Pasaron los días y María se fue integrando al grupo. Los primeros días la ponían a practicar tiro al blanco, le enseñaron a limpiar el arma, a manejarla. 

“Luego me gustó andar en el grupo, era como una familia, todos nos cuidábamos, todos eran muy respetuosos pese a que no sabíamos nuestros nombres reales, todos teníamos otros nombres”, recuerda. 

Ya integrada, María cumplió con todas las funciones que cumplían todos: trabajaba en la cocina, limpiaba las armas, hacía guardias, iba a los recorridos de exploración, participaba en las asambleas. En los primeros días, recuerda, la castigaron tres días de trabajo en la cocina porque se le salió un tiro cuando estaba limpiando su arma. La bala le rozó la cabeza a Juan Colorado

“A las guardias no nos dejaban ir en pareja, porque decían que nos distraíamos mucho, porque luego nos andábamos abrazando o besando”, recuerda con una sonrisa amplia. 

En todo el grupo, sólo había una persona, Herme, que tenía una función especifica, era  el único que podía usar el radio: su misión era escuchar las noticias solo y luego compartirlas con el grupo. 

En esos días, recuerda María, muchas veces escuchó hablar a Lucio Cabañas:

“El profesor nos hablaba mucho de que la lucha era por el pueblo, sobre todo por los niños. Nos decía que teníamos que luchar para que todos los niños fueran a la escuela, que comieran bien y no sólo los hijos de los caciques pudieran ir. Nos decía que los niños aunque llevaran su ropa remendada pero tenían que ir limpios, comidos, pero para eso teníamos que luchar por los campesinos para que pudieran trabajar sus tierras y no sólo trabajaran para los caciques”.

Apenas llevaba un mes en el grupo, cuando llegó la orden de moverse. Todo el grupo se trasladó a la comunidad El Moreno, en Tecpan. Cuando llegaron, vio a Figueroa Figueroa, a su secretaria Gloria Brito, a su sobrino Febronio Díaz Figueroa y a Pascual y Luis Cabañas, tíos de Lucio Cabañas. 

“Yo no sabía nada, no sabía ni cómo habían llegado, yo no estuve cuando acordaron todo eso. Lo que sí vi fue cuando el profesor le dijo que se quedaba detenido porque el ese candidato no quiso aceptar nada”.  

El profesor condicionó la liberación del priista a cambio de la liberación de todos los presos políticos del país y de la entrega de 50 millones. 

El encuentro entre Lucio Cabañas y Rubén Figueroa marcó el curso del movimiento armado. Desde ese momento, el grupo comenzó a moverse más, trataban de no estar mucho tiempo en un mismo lugar. 

El grupo se tuvo que dividir, el profesor junto con otros 14 combatientes tomó un rumbo distinto, buscando atraer al Ejército; mientras que el otro recorría la sierra con el priista. De forma paralela, las operaciones del Ejército se recrudecieron, los apretaron permanentemente hasta esa mañana del 8 de septiembre cuando en La Pascua los guerrilleros ignoraron las lucecitas que salían de la espesa vegetación. 

***

Era la tarde del 7 de septiembre, Rosario se prepara para salir con otros cuatro hombres a explorar el camino. Es la avanzada del grupo principal, tienen que detectar si hay soldados cerca.

Rosario está preparada pero Juan Colorado lo impide. Dice al grupo que ella no irá a la exploración, que en su lugar lo hará él. Los demás se niegan, dicen que eso es imposible, porque es un acuerdo que no se puede alterar.

Juan Colorado dice que no le importaba el acuerdo y que iría en lugar de Rosario y punto. La discusión sube de tono, se mientan la madre, se retan a golpes pero al final Juan Colorado sale con el grupo a hacer la exploración. Rosario y todos los demás se quedan a esperar a que vuelvan. Tienen un acuerdo que si en media hora no regresa el grupo de exploración tienen que moverse de inmediato. 

Pasan unos 20 minutos, se escucha un balazo, luego otro y minutos después una ráfaga y otra más. Son más o menos las 4 de la tarde.

Deciden esperar otra media hora para ver si vuelven. Regresan cuatro, Juan Colorado no. Rosario pregunta porqué no está de vuelta. Le dicen que murió en el enfrentamiento. Rosario les pide que esperen un poco más, tiene la esperanza de que aparezca.

El grupo de inmediato toma otra ruta, hacía delante. Comienzan a caminar a las 5 de la tarde y terminan la 1 de la mañana, se detienen porque Figueroa Figueroa y su secretaria ya no pueden caminar. Instalan un campamento para descansar, ven luces en los cerros, pero piensan que son cocuyos. 

A inicio de 1974, en un parque en Tecpan, María conoció a Prisciliano Medina Mojica. Platicaron, se gustaron desde el inicio. Siguieron en contacto. Comenzó a visitarla a su casa en Finca vieja. Comenzaban los días difíciles en la región, el Ejército cada vez apretaba más a las comunidades para impedir que le acercaran ayuda a la guerrilla. 

Se hicieron novios. El joven se contrató con el dueño de una huerta en la sierra de Tecpan para poder ver más seguido a María.

Prisciliano tenía 28 años, había vivido en Michoacan, pero su familia estaba en Guerrero. María tenía 16 años. Iniciaron a hablar de estar juntos. María aceptó pero le dijo que para que eso sucediera no había otra manera: tenía que ir hablar con su familia, tenía que pedirla.

Prisciliano aceptó, le prometió que iría a hablar con su padre y con su madre; quedaron de verse el 5 de abril. 

Prisciliano desapareció, nadie supo de él. María preguntó en la huerta y nadie tenía una razón. 

Sin embargo, el joven llegó a la cita ese 5 de abril. Se habían quedado de ver cerca del río. Esta vez Prisciliano llegó cauteloso. Fue directo: “vengo por ti para que nos vayamos juntos”. 

María no aceptó, le recordó que iba a hablar con su familia. Él insistió que sí pero lo haría en otro momento. Ella también insistió: le dijo que quería casarse bien, como lo hicieron sus hermanas Mercedes, María de Jesús, Celia y Fortina.

Estuvieron hablando un rato, hasta que Prisciliano la convenció. 

“Acepté, uno de chamaca toma las cosas a la ligera”, dice María. 

No hubo ningún trámite más, María no fue por ropa, tampoco se despidió, nada. Tomaron camino, caminaron y unos minutos más adelante salieron tres hombres armados, el joven le pidió que no se asustara, que lo estaban acompañando. 

Entonces María le preguntó que a dónde la llevaba. 

—Vamos al grupo — le dijo. 

—Sí, ¿pero a qué grupo? —insistió. 

—Al Partido de los Pobres. 

Esa noche llegaron a la comunidad de Caña de Agua. Al otro día, Prisciliano —Juan Colorado— presentó a María con el grupo y con Lucio Cabañas. 



***

En cuanto la camioneta pasajera llegó a Atoyac, Rosario corrió hacia la casa de su tía Carmen. Le pidió que le avisara a su madre, Leonarda Vázquez Aguirre, que estaba bien, que no se preocupara. 

En la casa de su tía, Rosario se encontró con su hermano, Alfonso. 

Alfonso le dijo que ya no se fuera, que por todos lados estaba muy peligroso. Luego le contó que a su padre se lo había llevado el Ejército y no lo hallaban.

Rosario le pidió que la acompañara, que se iba a entregar a cambio de que liberaran a su padre.

“A mi papá ya no lo van a entregar, a todos los están desapareciendo, si tú te entregas te van a desaparecer también”, le dijo el hermano.

Alfonso le contó que el 29 de octubre del 1974 llegó a su casa, en Finca vieja, un helicóptero del Ejército. Aterrizó justo en su patio. De la aeronave se bajó un teniente de apellido Acevedo y otro de nombre Claudio, junto con otros militares. Preguntaron por su padre, Francisco Argüello.  

Eran como las 10 de la mañana, su papá venía llegando de trabajar junto con sus dos hermanos, iban almorzar. Su mamá les acaba de servir la comida. 

—¿A qué Francisco buscan?, porque aquí hay dos  —dijo uno de los hermanos.

—Al grande, lo vamos a llevar al cuartel para que haga una declaración —dijeron los militares. 

En ese momento, intervino su madre, les dijo que su esposo iba almorzar y que él  luego atendía el llamado.

—Lo llama el general Acosta Chaparro. Ahorita viene, nada más va a dar una declaración y ahorita lo traemos  —dijo el militar. 

De inmediato los otros soldados fueron por don Francisco, sus hijos, Francisco y Vicente, intentaron impedirlo pero los golpearon. 

A don Francisco lo subieron al helicóptero y su familia nunca más lo volvió a ver. 

A Vicente lo golpearon tan fuerte que quedó con problemas cerebrales. 

“A veces me siento culpable de que se hayan llevado a mi papá, él era campesino, no anduvo en la guerrilla, era un señor grande, tenía más de 80 años cuando se lo llevaron”, dice Rosario 51 años después. 

Tras recibir la noticia, Alfonso no dejó que Rosario se fuera de nuevo, se la llevó a vivir con su familia a la comunidad de Tenexpa, en Tecpan. Ahí nació su hija.

“Yo no quería, tenía mucho miedo, le decía que me dejara ir porque si me encontraba el gobierno también se lo iba a llevar junto con su familia”. 

Rosario vivió una temporada en Tenexpa, casi no salía de la casa, por todos lados el Ejército buscaba aniquilar todo lo que quedaba de la guerrilla. Rosario durante un largo tiempo no pudo buscar a su padre ni tampoco preguntar por Juan Colorado

De Juan Colorado hasta hoy no sabe qué pasó con su cadáver, si el Ejército se lo llevó o si lo dejaron tirado donde murió en el enfrentamiento. 

La que no paró de buscar a su padre hasta su muerte fue doña Leonarda Vázquez. Durante 25 años recorrió cárceles, cuarteles, oficinas gubernamentales, pueblos preguntando por don Francisco Argüello. Murió sin encontrarlo. 

Después de huir, de andar de salto de mata, Rosario conoció a Tomás Galeana Cabañas, un primo de su cuñada. Tomás Galeana comenzó a visitarla a Tenexpa, con el tiempo iniciaron una relación y se casaron. Ahora tienen tres hijos y siguen juntos. 

Tomás Galeana quería conocerla porque intentó ser guerrillero pero se metió a un grupo armado llamado 18 de mayo que pedía dinero, vacas y armas a nombre de Lucio Cabañas. 

Tomás Galeana, dice Rosario, dejó el grupo 18 de mayo porque nunca le pudieron presentar a Lucio Cabañas.