Soñando al violinista melancólico
mè’phàà, Telésforo Morán
Bartolomé Espíndola Gálvez*
Fotografía: Mané Hernández
Sumergiéndome entre las nubes del sueño, la escena inicia así: entre el verdor de los pinos y encinos serpentea un camino real, rojizo como la sangre de la tierra. Descendía con el último aliento, cargando entre mis brazos a mi madre Cirila en agonía. Me dijo:
—Hijito, tengo mucha sed, quiero agua.
A la izquierda del camino real brotaba un senderito. Alcancé a ver una pequeña colina con una choza de adobe y tejas; En su patio se erguía un maguey, alto, frondoso, con las hojas abiertas como brazos que esperan.
Decidí desviarme, con la esperanza de hallar agua y la generosidad de sus habitantes. Al caminar, se escuchaba el crujir de las hojas secas de un gran encino blanco. Entre esos sonidos fue asomando, poco a poco, la voz de un anciano. Al sentir su crescendo, busqué el origen: debajo del majestuoso encino yacía una cruz muy antigua, a su lado una vasija con brasas encendidas. Y comprendí que aquella voz provenía del estómago del mbà’tsu, el señor fuego.
—¡Muchacho! —me dijo—. Qué bueno que me escuchaste. Llevo años sobre este camino real (jambà pha’, “camino ancho”) pregonando mis palabras y nadie me oye, nadie. Pero qué bueno que tú me hayas alcanzado y podamos conversar. Soy Telésforo Morán, el violinista antiguo.
Quedé sorprendido. Primero, por poder hablar con el estómago del fuego; segundo, por compartir palabra con Don Telésforo, el legendario músico mè’phàà que anduvo de pueblo en pueblo, de sombra en sombra (xkamixa, “hogar”), acompañado de su melancólico violín para amenizar fiestas y quemas de leña —los casamientos ante la deidad fuego—. Fue él quien compuso La perra y El Zopilote triste, canción emblemática que cobija a quienes soportan las clemencias de la vida: la migración, el abandono, el desprecio y la desigualdad social.
—Mira, muchacho —me dijo—, toqué en muchos pueblos, en muchas fiestas, acompañando a los danzantes. Escucha esta canción.
Empezó a tararearla. Solo recuerdo que estaba en Re menor. Luego continuó:
—Esas músicas tocábamos antes. Ahora ya no quieren hacerlo, se están perdiendo. La tristeza acobija mi corazón. Pero qué bueno que tú rescates nuestra música, la que engendraron nuestros abuelos. Me alegra saber que alguien, por fin, escuchó mis súplicas a la orilla de este camino ancho.
Tuve que despedirme. Le expliqué que debía seguir para buscar agua para mi madre. Entonces noté, junto a la cruz, una carpeta de mica azul transparente. Dentro estaban su acta de nacimiento y un retrato. Temí que se dañaran, así que decidí colgarla en una rama del gran encino, tal como mi padre colgó mi placenta en el árbol más alto que rodeaba nuestra choza cuando nací.
Desperté sobresaltado. En mi cabeza se formó una nube negra a punto de soltar su tormenta. No sabía qué pensar. Me senté y saqué una hoja pautada para recordar la melodía que me había tarareado, pero no pude: solo recuerdo su tono menor, su melancolía.
Esas señales avivan la fuerza y el sentido de nuestro Centro Cultural de la Música Tradicional en la Montaña de Guerrero, un espacio que busca resguardar, formar y recrear el acervo musical de nuestros pueblos originarios —tu’un savi, mè’phàà y náhuatl—, construyendo colectivamente nuestra memoria sonora.
Solo sé que guardo un profundo agradecimiento hacia todos los músicos tradicionales que nos heredaron sus músicas, dejando pautas para seguir y fortalecer: los maestros na savi Leonides Rojas Hernández con su icónico Ama kakui kundui ñu yui; Arturo Rojas con Ni Satayu ña yuvi; los maestros mè’phàà Telésforo Morán con La perra y El Zopilote triste; Tata Cheo con Ajmú cheda; Modesto López con Malinaltepec querido; y en náhuatl, Juan Antolín de la Cruz con Xocoyoli, Artemio Maldonado con sus marchas para orquesta, entre tantos otros que merecen ser recordados.
En Monte Alegre, Malinaltepec, Guerrero, recordamos también a Juan Carlos Cristino, Juan Espíndola Gálvez, Don Meño “El Paisa”, quien recientemente dejó huérfana su tuba; a don Domingo Trinidad, que de joven siempre andaba con su guitarra y su jarana; y a don Hipólito Aviléz, junto con su hermano Leopoldo, pioneros de la orquesta en territorio mè’phàà.
Así, entre el sueño y la vigilia, el fuego sigue hablando. Y cada nota que nace de nuestras manos no es otra cosa que el eco encendido de aquel violín antiguo que aún arde en el corazón de la montaña.
*Bartolomé Espíndola Gálvez, es músico mè’phàà Centro Cultural de la Música Tradicional.
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