Los lugares que nos habitan

Por Marlan Valverde
Chilpancingo
3 de abril de 2026

 

“La casa es nuestro rincón del mundo… nuestro primer universo”, Gastón Bachelard.

 

Mantener vivo un espacio es inmortalizar el recuerdo. Quizá por eso, cuando volvemos, no regresamos a un lugar, sino a esa parte de nosotros que guardamos en la memoria. A veces podemos volver a vivirlo, pero otras toca mirarlos desde lejos y acariciar la nostalgia de cerca. Porque, como lo escribió Octavio Paz, “no habitamos los lugares, los lugares nos habitan a nosotros”. La casa de mi abuela es un poemario que habita el corazón del lector, porque no nos habla solo de una casa, sino de todo lo que permanece dentro de ella.

 

Emiliano Aréstegui es un autor que se mueve dentro de lo íntimo, lo doméstico, lo familiar. Trabaja desde lo cotidiano, convirtiéndolo en un espacio de remembranza y emoción. Reconstruye en las letras tantos recuerdos, que convierte sus textos en memoria viva. Hoy nos reúne La casa de mi abuela, poemario que vio la luz en la colección de Alas de Lagartija, impulsada por la Coordinación Nacional de Desarrollo Cultural Infantil – Alas y Raíces. En esta ocasión nos reúne su segunda edición, editada de forma independiente y en colaboración con el artista visual Derek Badillo.

 

Badillo toma los elementos que propone Aréstegui para plasmarlos haciéndole un tributo a su terruño. El estilo taxqueño está presente en las ilustraciones, construyendo un lenguaje híbrido que parte desde lo colonial e incorpora una lógica barroca que se refleja en la saturación visual y nos envuelve en una atmósfera de un gótico emocional e íntimo. La colorimetría nos regala profundidad: el rojo parece trazado desde la infancia, mientras que el azul pertenece al territorio de la memoria. En conjunto, el arte visual no busca representar la casa, sino descomponerla en memoria, cuerpo y emoción.

 

La primera vez que leí La casa de mi abuela, tuve un sentimiento tan grande que me traspasó la piel; sus palabras vibraron tanto con mi alma que quería que esa también fuera mi historia. Conocí a Emiliano primero por sus letras, antes de conocerlo físicamente, y desde ese primer encuentro mi admiración no ha dejado de crecer. Ahora, cinco años después, es mi maestro y amigo, y entiendo que mi sentir con este libro es similar a lo que él nos ha dicho en el taller: y es que yo quisiera haber escrito este libro.

 

Pero más allá de la emoción, este libro construye un lenguaje profundo donde la imagen, la memoria y la palabra dialogan constantemente. Existen personas que, cuando su cuerpo abandona este plano, dejan su alma en las cosas que amaron, habitaron o enseñaron; por eso nunca se van del todo. Y uno puede guardarlas en una estrella, en una hamaca o en el pecho, para que nos acompañen a navegar la vida sin sentir su ausencia.

 

“Era agua mi abuela

y era clara,

río naciendo

siempre

y de repente.”

 

Los versos cuentan una historia; la abuela es un símbolo que une origen, cuidado y tradición, es una presencia que permanece incluso cuando ya no está. El poeta describe una personalidad llena de fuerza, que deja una huella imborrable. No podría ser de otra manera: esas abuelas que tienen el balance perfecto entre fuerza y ternura, que nos dan amor y carácter, que son certeza y un lugar seguro a pesar del crudo paso del tiempo. Esas abuelas están en este libro, y por eso puedo encontrar en las letras a la mía o a la tuya.

 

“La abuela murió dormida. / Estoy triste pero no demasiado. / Mi abuela me enseñó a hablar con ella / así ya no estuviera. Ahora estoy ocupado / muy mirando el cielo. / Hice un pacto con ella / hoy, la regalaré a una estrella”.

 

La ausencia no vacía la casa, la llena de otra manera. Y en esa manera también se construye una identidad; después de la pérdida, se vuelve memoria activa. Hablamos de un duelo infantil donde la muerte se transforma en imaginación, lo que hace del duelo algo simbólico y casi mágico.

 

En La casa de mi abuela, la identidad no es algo que ya esté dado, sino algo que se reconstruye desde la pérdida. La ausencia de la abuela deja un eco: una presencia que habita la memoria, los objetos y la casa. Y es ahí, en ese espacio entre lo que ya no está y lo que aún permanece, donde la voz poética comienza a entender quién es y a crear un nuevo modo de vivir. Porque, al final, todos tenemos una casa a la que ya no podemos volver, pero que sigue habitándonos.