Familia Herrera: la historia de cómo
una negligencia médica los devastó
Arturo de Dios Palma
Fotografía: Salvador Cisneros
Ahuatepec Pueblo, Tlapa
24 de marzo de 2026
En la casa de la familia Herrera Luna desde hace siete meses todo gira alrededor de la recuperación de la hija mayor, Petra. Una tarde de agosto del 2025, a Petra la invadió un dolor intenso en el estomago, su madre, Manuela Luna Morales, buscó un taxi en su pueblo y se la llevó al nuevo hospital general del IMSS-Bienestar en Tlapa, en la Montaña de Guerrero.
Una semana después, la joven salió del hospital con el intestino grueso desconectado y expuesto.
Durante estos meses, poco ha cambiado: Petra continúa con el intestino expuesto. En el hospital de Tlapa no hay un especialista que le realice una cirugía y le conecte de nuevo el intestino. Cada día que pasa, la familia Herrera Luna se pone al límite.
Permanentemente están en una disyuntiva: compran los insumos para las curaciones de Petra o compran comida o mandan a los otros dos hijos a la escuela. Todos los días ha optado por mantener bien a Petra.
Los Herrera Luna viven en Ahuatepec Pueblo, a unos 40 minutos de la cabecera municipal de Tlapa; su casa no es otra cosa que dos cuartos remendados, que han ido construyendo cómo han podido, han tapado una parte del techo con láminas que les han regalado. Viven con lo justo: techo y alimento. No hay nada más. No sobra nada. Lo único que abunda es la escasez.
“Comemos frijoles, salsa con tortillas, mis hijos ya se enfadaron de los guajes pero les digo que es lo hay y que tenemos que aguantar un poco para que su hermana esté bien”, dice Manuela.
Manuela tiene 43 años, estudió hasta primero de primaria. Su historia es muy parecida a la de muchas mujeres de la Montaña: su padre decidió que no tenía caso que estudiara porque —según han definido los hombres— estaba destinada a dedicarse a las labores de la casa. Habla español pero siempre arrastrando su lengua materna: el náhuatl.
Manuela y su esposo, Camilo Herrera, durante estos siete meses han tenido que hacer de todo. Manuela cada vez que puede prepara tamales y atole y sale a venderlos al pueblo. Camilo sale al pueblo o hasta Tlapa a buscar quién lo contrata para limpiar milpas o como ayudante de albañil, donde le pagan unos 300 pesos por día.
Ni vender tamales ni rentarse como ayudante han sido suficientes para llevan comida y que no falta nada para las curaciones de Petra.
Manuela y Camilo están ahorcados por las deudas, cada día aumentan y no parece que paren pronto.
“Ya no me quiero ni acordar de cuánto debemos, hay gente que nos ha ayudado, como mi hermana, pero debemos mucho, nos terminamos todos nuestros ahorros. Ahora ya ni les compro nada a mis hijos”, dice Manuela.
Camilo piensa hacer algo que nunca había pensado: irse a Estados Unidos a trabajar porque las deudas los están estrangulando. Dice que sólo espera que las cosas se calmen un poco en ese país y que el presidente Donald Trump termine con su persecución contra los migrantes.
Durante estos siete meses, la familia han tenido que conseguir cada mes 5,000 pesos extras. Necesitan comprar de dos a tres paquetes de bolsas de colostomía que cuestan hasta 700 pesos, más gasas, guantes, cintas y la cremas para la quemadura de la piel.
Sin tener a Petra enferma, de por sí la situación de la familia Herrera Luna era difícil. En 2024, Manuela recuerda que tuvo que ser firme con su hijo William, cuando le contó que quería estudiar medicina luego de terminar la preparatoria.
“Ya te apoye hasta donde pude, pero ya no puedo, no tenemos dinero para ayudarte”, recuerda Manuela ese momento con amargura.
Ahora, más que nunca esa posibilidad suena imposible.
Cuando Manuela le dijo a William que ya no podía ayudarlo a estudiar, el joven no renunció a la idea. Armó su plan: trabajaría un año para reunir dinero para solventar sus gastos para inscribirse en la carrera de medicina. Si aprobaba, William, tenía claro el siguiente paso: sabía que no tendría otra opción más que trabajar y estudiar al mismo tiempo. Estaba dispuesto a hacerlo, más bien, está dispuesto porque no ha desistido.
William no pudo completar el año en el trabajo, cuando a Petra le dejaron el intestino expuesto tuvo que renunciar y dedicarse a cuidarla. La paradojas de la vida: la tragedia económica de su familia le negó estudiar medicina y la tragedia de su hermana lo puso —sin avisar, sin prepararse— a practicar la atención médica.
—¿Cuidar a tu hermana te ha reafirmado la idea de ser médico?
—Sí, al inicio me daba mucho miedo, no sabía cómo hacerle, pero he ido aprendiendo y me ha gustado—dice William.
Pero ahora, en la familia los médicos no son bien vistos. Una negligencia médica no termina cuando el paciente abandona el hospital, ahí muchas veces apenas comienzan los padecimientos para la familia.
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La tarde del 21 de agosto, Petra Herrera Luna, de 24 años, llegó al nuevo hospital del IMSS-Bienestar de Tlapa, con un dolor intenso en el estómago.
Horas antes, Manuela llevó a Petra —una chica sordomuda— a la clínica de Ahuatepec Pueblo. El médico encargado le negó la atención, le dijo que las fichas de atención se dan hasta las 8 de la mañana, que eso todos lo sabían.
Manuela se llevó a su hija a su casa, pero las molestias seguían, los dolores retorcían a Petra. No lo pensó más, pidió prestado 1,500 pesos y se la llevó al nuevo hospital.
En el hospital, un médico la revisó y le dijo a Manuela que tenía que hacerle un ultrasonido, pero lo tenían que hacer por fuera porque ya había cerrado esa área. La mujer tomó a su hija y la llevó a un laboratorio privado, se lo realizaron y le detectaron problemas con el apéndice, le sugirieron que regresara con urgencia al hospital y que, si tardaban en atenderla que se fuera a una clínica privada, en donde le cobrarían unos 25,000 pesos.
Manuela, sin dinero regresó al hospital. Revisaron el ultrasonido. A la mañana siguiente le informaron que era el apéndice. Le sacaron sangre y le dijeron que tenía que esperar porque había una fila de cirugías.
A las 8 de la noche del viernes, la ingresaron al quirófano. Toda la noche Manuela no supo de su hija. A la mañana siguiente le informaron que ya podía verla. A las 2 de la tarde le ordenaron que la bañara. Manuela detectó un líquido como “baba” que escurría por la herida. Le avisó a una enfermera, pero le dijo que era normal. La cambiaron y fue todo.
El domingo, lo mismo: la “baba” empapaba las vendas y la bata que tenía puesta Petra. Ese día, un médico le dijo que era pus, que la herida se había infectado y que le aplicarían medicamento.
También ordenó que le quitaran un punto a la herida para que saliera el líquido, pero lo hicieron sin anestesia.
“Ellos pensaron que a mi hija no le dolió porque no se quejó, pero ella no se puede quejar porque es sordomuda”, dice.
Manuela se preguntó lo básico: “¿Por qué se infectó tan rápido?
La pus siguió saliendo. El lunes, otra cirujana vio a Petra. La baba seguía saliendo por la herida. Le informaron a Manuela que la tenía que “abrir” de nuevo para revisarla. Ese mismo día la operaron.
Cuando terminó, la cirujana le contó a Manuela lo que halló:
“Cuando la abrimos explotó su barriga, manchó todo de popo”, recuerda Manuela las palabras de la médica.
Le dijo que el líquido que salía de la herida de Petra no era pus, sino excremento. No le dijo exactamente por qué, pero había la posibilidad de que en la primera operación le hubieran perforado un intestino.
Manuela dice que el director del hospital se ha negado a darles el nombre del médico que operó la primera vez a Petra, ella no puso atención, dice, porque no sabe leer.
Esa semana de agosto, calcula Manuela, gastó más de 10,000 pesos. Saca cuentas: los 1,500 prestados, más 4,000 que le dio su hermana, otros 3,000 que le prestó una vecina, más 1,000 que tenía ella. Además, pagó los 1,000 del ultrasonido y 2,500 de un medicamento. Esa vez, tuvo que pagar hasta los botes para los análisis y el paracetamol.
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Las carencias, los faltantes y las negligencias en el nuevo hospital Imss-Bienestar en Tlapa brotan todos los días.
Este hospital fue una obra que comenzó el ex presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador. En junio del 2025, el director general del IMSS Bienestar, Alejandro Svarch Pérez, anunció la inauguración del Hospital General IMSS-Bienestar de Tlapa.
Svarch Pérez aseguró que se invirtieron más de 2,400 millones de pesos en infraestructura y 650 millones de pesos en equipamiento.
“Tlapa cuenta ahora con una institución hospitalaria del más alto estándar internacional, una obra que servirá por generaciones.
Este hospital sustituye al viejo hospital general y va a beneficiar a más de 400 mil personas de 20 municipios de la Montaña de Guerrero, de las cuales 273 mil hablan náhuatl, tlapaneco o mixteco”, dijo en la conferencia que todas las mañanas ofrece la presidenta de la República, Claudia Sheinbaum Pardo.
Aseguró que el hospital contaría con más de 40 médicas y médicos especialistas “ya en funciones, este nosocomio representa un hito”.
Abundó que el nuevo hospital contaría con 25 consultorios de consulta externa, un área de urgencias, 90 camas censables y 51 camas no censables, una sala de expulsión, 3 quirófanos y 2 salas de otoscopia, todos con equipamiento médico de alta tecnología.
“Contaremos con médicos especialistas en el área de ginecología, pediatría, oftalmología, por decir algunas. El nuevo hospital de Tlapa responde a una demanda histórica de los habitantes de la Montaña”.
Ese fue el discurso oficial, pero la realidad es más cruel.
No cuenta con el servicio de laboratorio clínico, ultrasónico y carece de medicamentos, incluso faltan médicos especialistas, como reconoció hace unos días en su conferencia de todos los días la presidenta.
El viernes 22 de agosto de 2025, Sheinbaum Pardo encabezó la supervisión sorpresa en el hospital, en el área de pediatría estaba Juana de 17 años de edad —nombre ficticio para proteger su identidad—. Juana fue diagnosticada con hepatitis A y anemia grado III.
El médico que la atendió le ordenó que le realizaran los estudios clínicos de VIH y VDRL y que le administraran albúmina humana al 20 por ciento. La albúmina es la proteína más fuerte que tiene la sangre.
Juana y su familia se quedaron en el área de pediatría, el médico sólo ordenó, pero nadie la atendió. Después de un tiempo, a la familia de la adolescente le informaron que en el hospital no funcionaba el laboratorio clínico y que tampoco tenían la albúmina humana. Vino otra orden: que salieran a Tlapa a buscar un laboratorio privado donde le hicieran los estudios y una farmacia donde comprar el medicamento.
La familia de Juana no supo qué hacer por la falta de dinero. En el hospital tampoco hicieron algo. Tres días después, la trasladaron a un hospital de la Ciudad de México por la necesidad de que recibiera una atención de especialistas, sin embargo, la adolescente murió porque la atención llegó muy tarde. Muy tarde.
Cuatro días después, a los familiares de Pedro, un bebé de ocho meses de nacido —también nombre ficticio para proteger su identidad— un médico le ordenó que le realizarán un perfil tiroideo.
Pedro fue diagnosticado con el Síndrome de Dificultad Respiratoria, una afección en recién nacidos, especialmente prematuros, por falta de desarrollo pulmonar, Neumonía Adquirida en la Comunidad, así como con anemia grado IV, la anemia más grave.
A Pedro lo trasladaron sus padres desde la comunidad de Montealegre, en el municipio de Malinaltepec, a unas tres horas de distancia de Tlapa.
Al igual que a la familia de Juana, a la de Pedro le ordenaron que buscara en Tlapa un laboratorio privado para que le realizaran el perfil tiroideo, porque en el hospital no realizan ese estudio.
La familia, por la falta de dinero, tuvo que acudir al Centro de Defensa de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan para que les ayudaran a pagar el análisis clínico. Su costo: 1,100 pesos.
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Cuando dieron de alta a Petra, a Manuela le dijeron que en seis meses la operaría de nuevo para conectarle el intestino. En la última consulta en el hospital del Tlapa le dijeron que no hay especialistas que le haga la operación a su hija y, que es muy probable, que se realice en la Ciudad de México.
La trabajadora social le explicó a Manuela que la operación no tendrá costo, pero que el hospital no se hará cargo de los gastos que representen realizar la operación en la Ciudad de México.
Dicho de otra manera: el hospital no responderá en nada para resarcir la negligencia que ahí se cometió.
Manuela quiere que operen a su hija, eso liberaría un poco a toda su familia. Pero en la Ciudad de México es casi imposible.
“No podríamos ir, si a luchas tenemos para estar acá, cómo creen que vamos a poder ir”, dice Manuela.
Manuela piensa mucho en esa ida: primero, dice, no se siente preparada par ir sola, no conoce la Ciudad de México, nunca ha salido de Tlapa, luego no habla bien español. Por esos dos detalles, serían necesario que las acompañe William. Pero eso significaría un pasaje más, un hospedaje más, una comida más.
Luego, de Tlapa a la Ciudad de México son alrededor siete horas de camino. Manuela piensa que Petra no resistirá el trayecto. Explica que cuando van a Tlapa a sus consultas se marea y alguna vez vomitó.
Manuela, dice, le ha planteado a la trabajadora social que manden a traer a un especialista a Tlapa para que no tengan que trasladar a Petra y así puedan evitar ese gasto que es imposible para su familia.