La lucha de la afromexicanidad
en la Costa Chica de Guerrero


Israel Nicasio
08 de mayo de 2026

 

¿Se puede hablar de una política afromexicana? Si fuera posible, ¿en qué sentido se abordaría? ¿Cómo se construiría? 

 

 

La experiencia colectiva de los pueblos negros pertenecientes a la Costa Chica de Guerrero se ha transformado sustancialmente desde hace poco más de un lustro. No fue sino hasta 2019 cuando empezó a discutirse públicamente la importancia de un ejercicio de integración y reconocimiento de los pueblos negros en el plano constitucional.

 

 

Sin embargo, esta preocupación tenía décadas al centro de estas poblaciones, que ya habían construido, incluso, sus propias formas de organización y reconocimiento, así como sus propias dinámicas de integración en términos académicos, culturales y políticos.

 

 

Esto, en gran medida, se debió a la insistencia de individuos, agrupaciones y discursos que exigían espacios de diálogo al Estado mexicano y la habilitación de mecanismos o recursos para que las personas afromexicanas pudieran disfrutar de estos logros.

 

 

Si bien el reconocimiento constitucional, así como la transformación de los discursos institucionales, han sido un logro notable, es necesario empezar a generar las condiciones de posibilidad para que la participación política esté garantizada en estos sectores.

 

 

Cuando hablo de condiciones de posibilidad, no me refiero a acercarles información para que los pobladores tomen la decisión de actuar y “superarse”. 

 

Hay que comprender la complejidad de la situación guerrerense en cuanto a la afromexicanidad. Hay que comprender, incluso, la manera en que esta afirmación identitaria comprende el mundo fuera de los círculos que la constituyen.

 

 

Las organizaciones generadas por los afromexicanos guerrerenses, específicamente aquellos que pertenecen a la Costa Chica, se han enfrentado a una postura estatal que se enfoca en decirles que les han reconocido y que aceptan la importancia cultural que tiene esta identidad para el entramado cultural mexicano; sin embargo, esto, desde la postura de quienes llevan décadas luchando por el reconocimiento y la atención requeridas para enfrentar algunas problemáticas regionales, podría ser problemático.

 

No se trata solamente de recibir ayuda y de entablar un diálogo supuestamente horizontal con las comunidades, y que este diálogo parta de una postura de salvación o rescate.

 

Considero que se trata de un trabajo en conjunto con las comunidades en el que se otorgue la capacidad de decisión a las mismas y se reconozca que esta lucha la han articulado los propios pobladores, no individuos que gestionan los recursos en representación de alguien más o de algún partido político.

 

 

Algo sucede que el poder se traduce a la tradición partidista en México y se empeña en encumbrar individuos representantes de… Si bien la elección democrática a la que se debe la conformación de la nación, como la conocemos, se constituye a partir de representantes, me parece necesario reconocer que hay contextos en los que esa representatividad tiene por objetivo monopolizar el poder, el discurso y hasta una serie de acciones que públicamente se dice que se han distribuido horizontalmente, pero que de fondo se sabe que, en ocasiones, no han llegado ni a mostrarse ante quienes se suponía que deberían ser los primeros beneficiarios.

 

 

Este es, considero, uno de los elementos que ha propiciado una serie de fallas en el contexto de los pueblos afromexicanos costachiquenses; porque la tradición organizativa es gremial y, además, ha partido de una negación u olvido de estos pueblos.

 

 

En consecuencia, quienes han trabajado para salir de esa situación son ellos, en conjunto, de manera plural y a partir de un trabajo colectivo.

 

 

No se trata de que esta dinámica de la apropiación política se perpetúe, sino de comprender que, al menos en el caso afromexicano guerrerense costachiquense, se requiere de un trabajo político colectivo/plural/identitario, y no solo de una gestión.

 

 

Estas acciones se deben tejer en redes, como la atarraya o como los hombres y mujeres que se distribuyen las tareas del campo para mantener las tierras en buen estado, hasta donde es posible.

 

 

Esto que planteo puede ser similar a lo que sucede en otros contextos, poblaciones, agrupaciones e identidades en el país; es innegable. Sin embargo, la preocupación es el tejido del poder y el enfrentamiento a la monopolización del mismo.

 


La afromexicanidad es un reconocimiento mutuo; en consecuencia, la conciencia política, como se la quiera ver, tendría que partir de ese aspecto esencial para permitir a las y los integrantes la acción.


¿Desde dónde se puede pensar una política afromexicana o que goce de rasgos que coloquen en el centro a la negritud guerrerense?


Tal vez la pregunta tendría que partir de este planteamiento y no solo de la posibilidad de que la política afro exista; sin embargo, es necesario hacer varios planteamientos previos antes de abordar el problema señalado.


De principio, la afromexicanidad responde a un reconocimiento comunitario, no solo a un posicionamiento público. Es importante, claro, tomar en cuenta la historia, vivencias, tradiciones y deseos de cada individuo, pero la experiencia de los pueblos negros en cuanto a ejercicios de reconocimiento se debe, en gran medida, al trabajo que ellos mismos han tejido de manera centrípeta.


Esta forma de acción parte de la historia de opresión que constituye tanto la memoria de sus integrantes como el discurso público. No es la misma lucha la que proviene del silencio que la del sometimiento, aunque podrían pensarse como casos cercanos.


En consecuencia, lo que sucede con la idea de política en este contexto obedece (o tendría que hacerlo) a la cooperación y a la distribución horizontal, no a una estructura piramidal.


Hasta este punto, y esperando que no se me malentienda, no estoy rondando la idea del olvido de la política como se traduce en términos partidistas —esa es una discusión que no cabe aquí—; sino que, por otro lado, pienso en la necesidad de que esos espacios y dispositivos se replanteen el acercamiento a la Costa Chica de Guerrero en los términos en que la población trabaja, reconoce y acepta, porque los otros no han funcionado. Es decir, si se pudiera pensar en una política afro, se tendría que asumir que esta debe partir de las personas que integran estas comunidades y se reconocen como parte de la afromexicanidad; de ahí, el siguiente paso sería el trabajo en colectividad, reconociendo desde dónde se articula esta lucha en todos los términos en que se le quiera ver, aunque considero que el histórico es determinante.


La lucha de los pueblos negros siempre ha sido por la liberación; esto debido a que la comprensión del poder y el ejercicio del mismo tiene su génesis ahí, y porque todas las opresiones que se encadenan y que atraviesan a los afromexicanos se han hecho evidentes por este medio, lo que dio como resultado que el reconocimiento constitucional al final se lograra, después de tantos años, y también considerara una disculpa histórica documentada. Ahora sigue el reconocimiento fáctico del poder que también alimentan las y los afromexicanos.