Mezcaleros de la sierra resisten
a la violencia y la marginación
Luis Daniel NavaPuerto del Bálsamo, Coyuca de Catalán22 de abril del 2026
Productores de mezcal enclavados en el filo de la Sierra Madre del Sur, entre las regiones Tierra Caliente y Costa Grande, resisten al pago barato de su producto, a un acceso en pésimas condiciones y a la inseguridad.
En el horno para destilar mezcal, dos jóvenes meten leña de árbol de encino amarillo; a unos metros, dos niños lazan y arrean su ganado y, adentro de la “vinata”, bajo la sombra de una lámina, tres hombres tasajean sobre una mesa de madera carne de puerco para la comida.
Son las 12 del mediodía del sábado 18 de abril en la fábrica de mezcal de la localidad El Puerto del Bálsamo. La temperatura es de unos 30 grados, pero el bosque de la zona hace que el calor sea soportable.
Para llegar se recorrieron 110 kilómetros por la carretera federal Coyuca de Catalán – Zihuatanejo. La vía está desamparada, llena de baches y de parches con cemento; recorre cañadas, pueblos que parecen fantasmas y bordea el Río del Oro.
También se observan dos puntos donde camiones son cargados con maderas preciosas, producto de la tala indiscriminada. Sobre la vieja carretera aún continúa la promesa de rehabilitación desde Toluca por parte del gobierno de Claudia Sheinbaum, que no se ve por ningún lado. En diciembre de 2025 solo fueron restituidos dos tramos de 3 kilómetros al iniciar la vía en Coyuca de Catalán.
En torno a la larga carretera se cuentan crímenes de alto impacto, como el del político y periodista Carlos Loret de Mola —padre del comunicador del mismo nombre—, quien fue hallado sin vida al fondo de un barranco en febrero de 1986. Su familia ha sostenido que fue interceptado en un retén de hombres armados en la comunidad El Cundancito y luego privado de la vida. O el asesinato a balazos de un matrimonio originario de Toluca, Estado de México, que viajaba por esa carretera para pasar su luna de miel en el puerto de Zihuatanejo.
Pese a la adversidad del acceso, Puerto del Bálsamo y las comunidades a su alrededor no desisten en producir mezcal. Desde los años 80, si no es que antes, han forjado el prestigio de elaborar un producto artesanal de calidad.
La zona donde se ubican al menos ocho fábricas cuenta con un clima más que óptimo, a más de mil 200 metros sobre el nivel del mar. Hay calor, bosque, manantiales de agua y el maguey cupreata silvestre se reproduce de manera natural en las laderas de los cerros y caminos.
En la fábrica hay seis trabajadores jóvenes que revisan las distintas etapas de la elaboración de la bebida. Lo hacen como si fuera un ritual. Unos están al tanto del horno de piedra subterráneo donde se cuecen las cabezas o piñas de maguey.
Otros revisan los sacos de cuero de res donde las pencas de maguey cocidas se fermentan durante cinco o siete días. También echan agua limpia sobre el horno y colocan un nuevo alambique de cobre.
Una hora después, un adolescente anuncia: “Ya está saliendo”. El mezcal cae por un chorro constante y pequeño a un garrafón. El joven maestro mezcalero verifica con un alcoholímetro de carrizo los grados y el sabor.
Durante la temporada, al menos dos hombres tienen que hacer guardia en la fábrica día y noche.
El proceso que siguen es completamente artesanal, como lo hacían sus ancestros, salvo el uso de una trituradora que redujo el tiempo y la fuerza humana empleada en la molienda del agave cocido.
La resistencia
El maestro mezcalero Agustín Coria Granados es alto, un poco encorvado, de tez blanca y bigote ralo negro; lleva más de 50 años en el oficio. Inició haciendo labores básicas porque su finado padre, Jesús Coria Sánchez, inició la estirpe mezcalera.
Hilario Villanueva Gaona, de 65 años, también es productor. Su fábrica, “Arroyo Verde”, está a una hora y media en carro por un camino en lo alto del bosque, más otros 20 minutos a pie.
Hilario ya tiene nietos de 18 años que ayudan desde el labrado del maguey.
Cada uno, Agustín e Hilario, producen en la temporada de marzo a mayo alrededor de 3 mil litros de mezcal. En la zona hay ocho “vinatas” que se mantienen activas. Son pequeñas empresas que dan empleo a unas 15 personas cada una, de las que dependen sus familias.
La inversión, estiman, es de unos 20 mil pesos para sacar 300 litros de mezcal.
Aún recuerdan que en las décadas de los 80 y 90, clientes de Tierra Caliente y de otros estados acudían y hasta esperaban por días con sus burros para llevarse el mezcal.
Sin embargo, el deterioro de la carretera y la inseguridad bajaron la demanda, la producción y los precios. Otra preocupación es la falta de cultivo de maguey y las escasas lluvias.
“No, pues ya se nos descompuso todo por las carreteras y ya esas gentes agarraron nuestro negocio de otra forma”, dice el maestro mezcalero Hilario.
Rememora: “Venían con diez burros a llevar en garrafas desde allá de Tierra Caliente; llegaban aquí hasta la vinata. Y si no había mezcal, aguantaban hasta ocho o diez días aquí parados hasta que salía”.
En este momento, lamenta, eso cayó. “Aunque quieran, no hay; no quieren invertir pues por lo mismo de las situaciones en que estamos viviendo. Entonces no tiene el mismo rendimiento al que vas a sacar y que estás seguro de que ya vas a juntar un dinero para el sustento de la misma vinata”.
Tal es la falta de venta, explica Hilario, que en ocasiones tienen que vender algún animal para pagarle a los peones que trabajan por necesidad.
Los productores le pidieron al gobierno municipal de Coyuca de Catalán, a la gobernadora Evelyn Salgado y a la presidenta Claudia Sheinbaum capacitación, inversión en sus fábricas, impulso para la certificación y mejores precios sin intermediarios.
“Que entremos al mercado, que se busque apoyo para etiquetarlo y que se vaya a donde nos paguen mejor precio. Se le mete mucho a los trapiches y el precio está bajito, uno anda vendiendo nomás para ir comiendo”, dice Hilario.
Agustín Coria señala que los productores de la zona necesitan apoyo para sembrar maguey, su materia prima.
“Aquí nosotros necesitamos maguey, cultivarlo, pues; hacer que se produzca porque, a esta fecha que llevamos, yo creo que pronto nos vamos a quedar sin maguey para seguir trabajando, porque una parte es que llueve poco y otra que necesitamos apoyo para arreglar todo eso”.
“De hecho, no podemos ir a vender porque no hay quien compre y, si lo compran, lo pagan barato. No sacamos lo que invertimos. Por ejemplo, el que saco aquí, unos dos mil o tres mil litros, pues ahí los dejo y allá por diciembre los ando acabando, pero por ‘litreados’: cinco, diez, veinte litros de vez en cuando. Por ahí va teniendo algo de dinero para comprar los frijoles, aunque sea, porque para más, no”, concluye Agustín mientras le da una calada a su cigarrillo.








