Vidas dañadas: fragmentos
desde la calle


John Kenny Acuña Villavicencio
Acapulco
19 de mayo de 2026

 

Llevo más de tres años realizando trabajo etnográfico en el ejido de Llano Largo, Acapulco, centrado en los procesos de gentrificación de las zonas urbano-marginales y la reproducción de economías ilegales. Sin embargo, en ese trayecto de investigación ha emergido un hecho social que desborda mis objetivos iniciales y requiere ser discutido: me refiero a dos mujeres que se encuentran en situación de calle y cuyas condiciones de existencia condensan, de forma extrema, lo que Theodor W. Adorno denominó “vida dañada” (T. Adorno, Minima Moralia. Reflexiones desde la vida dañada, Akal, 2021 [1951]).

 

Las vidas en esta situación permiten observar, de manera concreta, los efectos más crudos del orden social capitalista. En ciertas ocasiones, el mundo en miniatura nos ofrece mejores pistas y evidencias sobre la descomposición del sujeto, esto es, el deterioro de la intimidad y la dignidad humana. El presupuesto de esta afirmación no es únicamente su degradación, sino la imposición de la “salud imperante” y el tratamiento fascista de la existencia mundana en tanto “demencia almacenada” (Adorno, 2021, p. 65).

 

El caso que aquí presento corresponde a una mujer, probablemente la madre, de edad avanzada —entre 70 y 75 años— y a otra más joven, de entre 25 y 30 años, probablemente la hija. Tal vez hablamos de dos personas derrotadas, como diría el poeta César Vallejo en Los heraldos negros (Madrid: Cátedra, 2012), por los golpes de la vida y por “todo lo sufrido”. Tal vez son anarquistas que eligieron acompañarse hasta donde les sea posible y tomaron el camino más radical de la liberación… O tal vez son dos mujeres que manifiestan la imposibilidad de narrar sus propias historias como parte de la fractura social y subjetiva que padecen.

 

Estas inquietudes ontológicas corresponden a un modo de pensar y relacionarse. Probablemente, clasificar y dotar de identidad a las cosas es inherente a la razón moderna o, quizás, un rasgo que merece ser cuestionado desde una perspectiva adorniana. “¿Habrán sufrido algún tipo de abuso? ¿Acaso padecen de alguna enfermedad congénita? La señora y la muchacha no se encuentran nada bien.

 

 Tienen los ojos desencajados y se muestran distraídas. No están en este mundo” (C., entrevista, julio de 2025).

 

Lo dicho tendría sentido siempre y cuando existiera un interés genuino por saber quiénes son, a dónde van, qué les hace falta o dónde viven. Esto implicaría que, como alguna vez nos recordó Benjamin, empecemos a recuperar nuestro “mundo creatural” y mágico (W. Benjamin, Obras. Libro II/vol. 1, 2007, Abada Editores, p.

 

 368). Sin embargo, el tiempo del progreso nos dice: “No hay forma, porque sus balbuceos y desaires lo impiden. Solo se sabe por rumores que fueron abandonadas y que viven en medio de escombros. Nadie habla con ellas” (Nota de campo, noviembre de 2025). No resulta extraño que, en sociedades como la nuestra, “las locas, las alcohólicas, las drogadictas o los disidentes sean objeto de estigmatización sistemática” (Notas de campo, noviembre de 2025). Es más, lo cierto es que su rareza y extravagancia son aceptables, no así sus ilusiones o necesidades.

 

El hecho de habitar el mismo campo social no implica aceptación o correspondencia. El andar diario de estas damas entre El Coloso, Plaza Sendero o Puerto Marqués da lugar a murmullos, rechazos y miramientos. “Pareciera ser que han perdido la razón. Hay demasiados indicios para afirmar que les hace falta ayuda psiquiátrica y hospitalaria” (Nota de campo, 14 de noviembre de 2025). Si esto fuese una suerte de verdad cartesiana y se prolongase en los estudios sobre la vida cotidiana, todo esfuerzo terminaría por asimilar lo horrible y lo monstruoso como algo anómalo y no como parte de la discusión sobre la dominación y el reino del capital.

 

 A pesar de esto, el ímpetu desalienado también está marcado por las regularidades y las rutinas cotidianas. Todos y todas están expuestas a los veredictos y a la interpelación: “Cuando vienen al mercado, hay gente que no las acepta por su aspecto. Deberían hacer algo para ayudarlas. No sé qué autoridad es la que se encarga de eso” (PE, entrevista, octubre de 2025).

 

Ambas caminan de la mano. Se cuidan y no se distancian la una de la otra. Hay momentos en que deben de atender su contextura, es en ese instante cuando una asiste a la otra en medio de la multitud y el bullicio. “La madre limpia la cara de la hija y esta le da de comer en la boca” (Nota de campo, 14 de marzo de 2026). 

 

Creo que valerse, compartir y preservar forman parte de la naturaleza humana y constituyen un acto de rebeldía contra la etiqueta social. Como el manuscrito de Adorno, los movimientos corporales y trayectos de estas personas son estéticamente desordenados y no totalizadores: a veces se desvían por las calles, otras ocasiones se dirigen hacia un rumbo desconocido o, simplemente, se sientan y miran al observador.

 

Con base en esto, no se pretende a manera de etnografía de la calle describir la fragilidad de dos mujeres o demostrar que anhelan “otro mundo”, sino reforzar la idea de que el poder separa, niega y crea “bastardos”, crea “anormales” (J. Souza, O Pobre de Direita. A Vingan ça dos Bastardos, Civilização Brasileira, 2024; M. Foucault, Los anormales. Curso en el Collège de France (1974–1975), México: FCE, 2000).

 

Las condiciones de ambas mujeres están dañadas en un sentido crítico. La alimentación es irregular, la higiene es limitada y la interacción social está marcada por el menosprecio. “Las personas evitan el contacto. No obstante, hay otras personas del mercado de Llano Largo que les otorgan fruta del día anterior o comida que sobra” (Nota de campo, 20 de abril de 2026). De este modo, se configura y delimita la frontera entre nosotros y el Otro.

 

Este acontecimiento implica ser entendido no como un evento lineal o único, sino como la composición histórica de una existencia sometida a múltiples códigos, normas y prácticas sociales que entran en funcionamiento. Así, por ejemplo: “Los niños son advertidos por los adultos. Las mamás tienen mucho cuidado, no dejan que se acerquen o les indican que jueguen muy distante de ellas” (Notas de campo, 20 de noviembre de 2025).

 

A partir de estas circunstancias, se afirma que la negación no es algo preexistente; es resultado de la forma en que nos relacionamos social y políticamente. Por ello, el silencio, la escasa sensibilidad o la ausencia de fraternidad se presentan como prácticas que producen y refuerzan distinciones como normal/anormal, incluido/excluido o integrado/desintegrado. En este punto se hacen presentes la práctica de la razón y la burocracia del Estado: La Procuraduría de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes, la Secretaría de Seguridad Pública, la Dirección de Vía Pública y “el DIF conocen [de sus funciones]; sin embargo, nunca están donde deberían” (PE, entrevista, enero 2026).

 

Sin duda, la intervención del Estado está orientada a la restitución de la vida dañada y la regulación de los desempoderados. “Puede haber una serie de dificultades de infraestructura o problemas presupuestales para la atención de las personas en situaciones de calle, pero lo cierto es que, en el fondo, subsiste una vigilancia con distancia” (Notas de campo, febrero de 2026).

 

Este cuadro empírico encuentra una resonancia directa en Minima Moralia, donde Adorno denuncia que “no cabe la vida justa en la vida falsa” (T. Adorno, 2021 [1951], p. 44). Desde luego, esta afirmación no es moralista; es de carácter orgánico.

 En un orden social al parecer sin sentido y deformado, las posibilidades de una vida digna están sistemáticamente bloqueadas. La experiencia cotidiana —comer, dormir o deambular— deja de ser un espacio de realización individual y se convierte en el lugar donde se inscribe el poder.

 

Adorno advierte que el capitalismo avanzado no solo organiza la producción, sino que penetra en las dimensiones más íntimas de la existencia: los afectos, el lenguaje y las relaciones personales. Nada queda fuera. La vida cotidiana deja de ser “nuestro” refugio y se transforma en un espacio particular y administrado. La comunidad deja de ser un tejido de afectos y se convierte en una cosa social donde interactúan los sujetos. En consecuencia, la subjetividad misma aparece deteriorada: los vínculos se erosionan, la identidad se rompe y las formas de interacción se reducen a la supervivencia inmediata.

 

En el caso observado, esta “subjetividad dañada” se expresa en la desorientación, en la ruptura de los lazos sociales y en la dificultad de establecer interacciones estables con otros. No se trata de “demencia” o “pobreza material”, sino que da cuenta de una forma de existencia atravesada por el menosprecio y la exclusión total.

 

A esto se suma un elemento contextual decisivo: estas personas han sobrevivido a múltiples crisis recientes en Acapulco —la pandemia de 2020 y los huracanes Otis (2023) y John (2024)— sin ningún tipo de cuidado y protección. Su supervivencia depende exclusivamente de un instinto básico de conservación. Pero, incluso, esta persistencia no debe romantizarse o ser considerada como acto resiliente en sentido positivo, al contrario, es la prolongación de una vida reducida a su mínima expresión.

 

La historia de estas dos mujeres no representa una anomalía del sistema, es sobre todo una de sus expresiones más crudas. Es la evidencia de que la vida dañada no es una categoría abstracta; más bien, encarna una realidad que golpea y se despliega en lo cotidiano, en lo visible y, al mismo tiempo, en lo sistemáticamente ignorado.

 

En última instancia, la vida fragmentaria no es accidental. Así como Minima Moralia está compuesta por aforismos, este análisis se construye por medio de escenas y recorridos dispersos. La idea de fragmentar no solo es metodológica, es constitutiva de un fenómeno: refleja la condición de vidas quebradas. Sin embargo, es precisamente en la imposibilidad de articularse como totalidad coherente donde radica la crítica.

 

* John Kenny Acuña Villavicencio, Profesor-investigador Universidad Autónoma de Guerrero.