La tarea de educar y el sentido
del Día del Maestro: Entre la crisis y la ética
Humberto Santos Bautista
Chilpancingo
15 de mayo de 2026
Todo nuestro conocimiento nos acerca a nuestra ignorancia,
Toda nuestra ignorancia nos acerca a la muerte,
Pero la cercanía de la muerte no nos acerca a Dios.
¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir?
¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?
Los ciclos celestiales en veinte siglos
Nos apartan de Dios y nos aproximan al polvo.
T. S. Eliot. Coros de la piedra (Fragmento)
Cuando la palabra “maestro” vuelva a tener el prestigio que en otros tiempos le dio la tarea de educar, volverá a tener sentido celebrar el “Día del Maestro”; porque, por ahora, no hay nada que festejar si es que todavía se preserva el reducto de la ética en la docencia.
Sobre todo en un contexto donde se aprecian más las miserias de un sistema educativo administrado desde hace décadas por una burocracia insensible y analfabeta con relación al contexto de la escuela, que en complicidad con una dirigencia sindical terriblemente corrupta, está terminando por pudrir la esencia de la escuela pública.
Los costos de esa corrupción han sido una educación deteriorada y con enormes rezagos, como pasa en el sur de México y, particularmente, en Guerrero.
Me parece, entonces, que si es cierto aquello de que después del de padre, el título más honroso es el de maestro, para celebrar en serio este día habría que empezar por la exigencia de una reforma radical de nuestro sistema educativo para recuperar los fines de la escuela pública.
¿Cómo se puede celebrar el Día del Maestro si hasta la burocracia oficial y los corruptos dirigentes sindicales se asumen también como maestros y son los principales responsables del desastre de la escuela pública?
La tarea de educar también tiene que empezar por dignificar el papel del docente y de la docencia, y para eso habrá que empezar por distanciarse de los corruptos. ¿Cómo cuestionar la corrupción si convivimos con quienes la promueven y terminamos reproduciendo los mismos vicios que pretendemos negar, como la suspensión de clases, por ejemplo?
El Día del Maestro hay que festejarlo reformando en serio el sistema educativo si se quiere transformar desde la raíz a la República; porque, como bien enseña el padre del pensamiento complejo, Edgar Morin: “Todo lo que no se regenera, degenera”.
La transformación de la República pasa por la cultura y por la educación, sobre todo en un contexto contradictorio que oscila —como afirmaba Jesús Reyes Heroles— “…entre un orden que no acaba de morir y un orden que no termina de nacer”.
En esa tarea de repensar a la escuela pública, es bueno empezar por revisar lo que hicieron quienes la pensaron y la construyeron. En esos retazos de historia, tiene sentido recuperar algunos ejemplos que ayudarán a entender la dimensión ética de la tarea de educar y el papel del maestro para encontrar, como decía el gran maestro latinoamericano Paulo Freire: “El inédito viable”.
En ese contexto, en su último libro, El primer hombre —que pretendía ser su autobiografía y que ya no alcanzó a terminar porque lo sorprendió la muerte a temprana edad—, Albert Camus nos dejó, quizá, la mejor lección del papel que juega la educación para trascender la pobreza.
Nos cuenta su propia historia: siendo un niño pobre y huérfano de padre desde los tres años, y habiendo quedado al cuidado de su madre analfabeta y de su abuela, tuvo la suerte de tener un maestro que pudo apreciar su potencial y acompañarlo con vocación misionera en esos años duros de la formación inicial.
Por ello, cuando Camus fue notificado de que había ganado el Premio Nobel de Literatura, escribió una carta dirigida a su maestro, la cual ha sido considerada como el elogio más grande a la educación:
«He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que era yo, sin su enseñanza y ejemplo, no hubiese sucedido nada de esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y le puedo asegurar que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos, que, a pesar de los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.»
(Albert Camus, El primer hombre)
La educación es parte fundamental de un proyecto que tenga como prioridad mejorar las condiciones de vida de los más pobres y mitigar en algo la desigualdad; por eso, la política de dar una educación pobre a los pobres solo contribuye a hacer más grande la brecha de la pobreza y la desigualdad.
En una tesitura diferente, se cuenta que el “Che” Guevara, ya derrotado y hecho prisionero, fue encerrado en la escuela rural de La Higuera. Ahí llegó la joven maestra Julia, con quien tuvo la que fue su última conversación y donde todavía se dio tiempo para ofrecer su última lección de pedagogía, sabiendo que tenía el tiempo contado.
El “Che” le hizo notar a la maestra que había una falta de ortografía en la frase anotada en la pizarra, donde estaba escrito: “Yo se leer” y faltaba el acento en la palabra “sé” (hay una versión que afirma que la palabra escrita que propició ese diálogo pedagógico era “Angulo”).
El “Che” le transmitió a la maestra rural, con esa corrección ortográfica, una lección del papel que juega la educación para transformar el mundo; porque la educación es, quizá, el último espacio público que nos está quedando y es también, como ya se ha mencionado, el más sensible de nuestras sociedades.
Para poder intentar cualquier cambio hay que ser sensible; porque, como bien decía el propio “Che”, es lo que permite sentir las injusticias cometidas contra cualquiera y en cualquier parte del mundo, y esa “es la cualidad más linda de un revolucionario”.
Por eso es necesario corregir las palabras para leerlas y entenderlas bien. Hay que aprender a leer bien los problemas del contexto en que uno vive.
Esa cualidad sensible del buen educador, el que conoce la escuela desde adentro, es la prenda que le da identidad al docente que realmente se propone un proyecto de cambio, empezando precisamente por el salón de clases. Se trata de educar aprendiendo a educarse.
Por último, me parece pertinente mencionar que en 1920, en su toma de posesión como rector de la Universidad Nacional, José Vasconcelos —el creador de la Secretaría de Educación Pública (SEP) en 1921— pronunció un discurso memorable que, en el contexto actual, no ha perdido vigencia.
Sus palabras nos ayudan a entender el estado que guarda la educación en México y en Guerrero:
«La pobreza y la ignorancia son nuestros peores enemigos, y a nosotros nos toca resolver el problema de la ignorancia. Yo soy en estos instantes, más que un nuevo rector que sucede a los anteriores, un delegado de la Revolución que no viene a buscar refugio para meditar en el ambiente tranquilo de las aulas, sino a invitaros a que salgáis con él a la lucha, a que compartáis con nosotros las responsabilidades y los esfuerzos. En estos momentos yo no vengo a trabajar por la Universidad, sino a pedir a la Universidad que trabaje por el pueblo…».
En ese célebre discurso del rectorado, las palabras de Vasconcelos anunciaron hace más de un siglo que la pobreza de pensamiento era lo que estaba detrás de los grandes problemas nacionales y esa realidad no ha cambiado.
En Guerrero, los costos de la ignorancia han sido dolorosamente desastrosos para el pueblo.
Por todo eso, la tarea de educar no es una simple chamba y es algo más que una vocación pedagógica: es también una pasión libertaria.
Desde alguna escuela pública…









