El fin de una época es el principio de una era
Andrés Cisnegro
Ciudad de México11 de junio de 2026
El fin de una época es lo que representa el cierre de la Casa del Poeta Ramón López Velarde y ahora reinauguración Casa de las palabras, la cual, al igual que la SOGEM, otra institución en crisis, me tocó conocer y atestiguar entre las contradicciones del mundo literario del cambio de milenio.
Ahí se formaron escritores, poetas, dramaturgos y tuvieron un espacio limitado y en otros momentos abierto, más por la fuerza que por la voluntad de los que presidían y que alimentó a unos poquitos y trató de justificarlo invitando a otros tantos.
En la SOGEM se dieron cita gente de diferentes estratos, algunos desarrollando una carrera más visible y otros no tanto (pero esa es otra historia). En la Casa del Poeta hubo, por ejemplo, alguna vez una librería (que desapareció bajo la justificación de que nadie compra libros, según me dijo Maricarmen Férez Kuri en varios de los diálogos que llegamos a tener) cosa que parecería el argumento natural para no promover (sino desde el elitismo: “de unos pocos son los que hacen arte”, hacia el elitismo: “de que por tanto son pocos los que consumen arte”) la poesía.
Desgraciadamente o naturalmente, cada quien tiene versiones diferentes de la historia y a mí me tocó vivirla desde la perspectiva de la poesía a ras de suelo versus la alta poesía. Fue en 2007 que realizamos una manifestación afuera de la Casa del Poeta Ramón López Velarde (porque hay que aclarar existen bastantes casas del poeta con nombre de diversos poetas de diversas latitudes, a lo largo de toda la República Mexicana, pero eso es otra nota) para exigir que se permitiera promover poesía dentro del recinto, a partir de un conflicto en el cual María Rivera llamó al policía del lugar para echar a un poeta por la fuerza, al momento de estar ofreciendo libros.
Ese poeta era yo. Max Rojas había sido invitado por Carlos Mapes a una de las presentaciones de la editorial Trilce, y entre las pláticas que se van dando en las mesas, Max me pidió que les mostrara su libro recién editado por Verso Destierro, “Ser en la sombra”, cosa que hice, al igual que mostrar otros libros recién salidos del horno. Y en el acto, María Rivera, enfurecida, se acercó para decir que ahí no se podía vender libros, y yo le expliqué que era un título de poesía y que era la Casa del Poeta, y que sería un poco absurdo que en Casa del Poeta no se pudiera mostrar libros (porque en ese momento sólo lo estaba mostrando). Ante tal hecho, llegó María del Carmen Férez Kuri a sumarse y quitarme los libros, a lo que yo le respondí, “puedes quedártelos, a lo mejor así lees otra poesía fuera de tu círculo”. Acto seguido, subió el policía para pedir que me retirara. Me trató de agarrar del brazo (Férez) ante lo cual yo le dije que no me tocara, y a partir de ese momento la situación escaló y derivó en una confrontación que rebasó por completo el hecho inicial de mostrar unos cuantos libros en un recinto que, en teoría, había sido creado para dar cabida a la poesía.
Tras esa experiencia humillante, Max Rojas trató de suavizar la situación, ante lo cual Maricarmen Férez arguyó que simplemente se me había prohibido mover libros dentro de la casa del poeta. Incluso en algún momento afirmaron que yo era jefe de los ambulantes de la zona de la colonia Roma, cosa que tampoco hubiera visto o sentido mal, porque llevaba ya años promoviendo poesía en las calles y no me sentía ajeno al conflicto del ambulantaje.
Por supuesto, tuve un par de situaciones semejantes de discriminación en otros contextos parecidos. Esa ocasión decidimos hacer un mitin poético afuera de la Casa del Poeta unos días después, donde estuvo Mónica González Velázquez, Javier Gaytán, Víctor M. Muñoz, Adriana Tafoya y un servidor, entre otros, leyendo poemas de Efraín Huerta, puesto que, en ese tiempo, David Huerta, Eduardo Hurtado y Antonio del Toro eran los guardianes del recinto (no es casualidad que ya fallecidos los tres, procedan a sustituir las investiduras del sitio).
Fuimos recibidos en el Café Bar Las Hormigas, donde se sostuvo un diálogo, no sin antes, una noche anterior, ser visitados por Antonio del Toro para tratar de persuadirnos de que realizáramos aquel mitin y llegar a un acuerdo de inclusión dentro de las actividades de la Casa del Poeta. En esos tiempos realizábamos los Miércoles Itinerantes de Poesía en el Café Bistrot, a dos locales de la Casa del Poeta, en un segundo piso con duela y perfectamente acondicionado, lo que resultaba bastante acogedor. En ese mismo año fue la mítica lectura de Enrique González Rojo Artur, Max Rojas, Roberto López Moreno, en donde se reunieron una gran cantidad de poetas y editores, entre ellos la maestra Norma Bazúa, así como Jocelyn Pantoja, a quien le presentamos a Max Rojas para que pudiera integrarse al proceso de edición de su creciente poema Cuerpos.
Muchos confundían la Casa del Poeta con el Café Bistrot por la cantidad de gente y de lecturas y eventos que se realizaba allí. Entre ellos también talleres de Saúl Ibargoyen y Mariluz Suárez, entre otros. En la conversación con David Huerta, que ostentaba un whisky y una postura irónica y déspota, Eduardo Hurtado y Antonio del Toro (y al fondo en una mesa, observándonos, Óscar de Pablo, Daniel Saldaña Paris y Pablo Molinet), platicamos sobre el porqué habría de tomar la Casa del Poeta una postura como la que tomaba. ¿Por qué cerrar las puertas a la poesía y a los poetas? ¿Por qué no había una librería? ¿Por qué no había lecturas de poesía, talleres, o mesas de discusión?
En aquel tiempo había un pequeño programa de mano (una hoja carta doblada en tríptico) que daba la Casa del Poeta, de las lecturas que organizaban los martes y alguna información general sobre Ramón López Velarde o Efraín Huerta. Por supuesto que hacer memoria del espacio es importante. Es importante todos los registros históricos de la poesía. Sin embargo, “habemos” contextos que estamos más naturalizados con el hecho de ser desaparecidos del pódium oficial. Tanto así que si cotejan los nombres que pone María Rivera en su defensa de la Casa del Poeta, podremos encontrar una élite bastante bien definida, lo cual no nos pone ante buenos o malos poetas o personas, sino ante un circuito perfectamente filtrado a través de las becas, a través de los premios, de ciertas instituciones tanto de carácter sectario como de carácter institucional, intereses políticos y otras coincidencias.
En ese mismo tiempo María Rivera había ganado el Premio Elías Nandino y poco después el premio Aguascalientes, bajo un contexto de amiguismo y de joven promesa cumplida que venía a engranarse a esa tradición que venía visibilizándose y que ahora queda perfectamente expuesta ante la rotura con la nueva tendencia de promoción y de visibilización política del interés gubernamental y sus sectas aledañas. Ante eso, mi postura ha sido marginal en términos de no integrarme a dichos grupos o nomenclaturas, lo cual queda evidenciado al no ser incluido ni en los márgenes del nuevo gobierno ni del antiguo, sino en esta tensa relación limítrofe, donde, aunque haya una presencia continua, no se es enunciado ni contado ni argüido. Sin embargo, se ejerce un discurso de la defensa de la memoria, la cual cada grupo ejerce de acuerdo a su conveniencia. Desde así, cada grupo tiene la responsabilidad de hacer memoria de su propio camino, sea este un testimonio dentro de ese momento histórico.
No me dejarán mentir muchos de los enlistados por María Rivera y muchos que en aquel tiempo estuvieron en la SOGEM, los cuales conocí justo gracias a que vendía los libros de mano en mano en diferentes lugares, sufriendo discriminación y en otros momentos incluso persecución, como fue el caso del Fideicomiso del Centro Histórico a partir del movimiento encabezado por Antonio Calera Grobet (también es otra larga historia que ya contaré).
A partir de ahí, la Casa del Poeta se comprometió a hacer mesas de debate, de discusión poética e incluir las propuestas que nosotros quisiéramos hacer. David Huerta (quien algún momento estuvo a punto de lanzarse a golpes, porque me señaló y me barrió con la mirada, a la vez que afirmaba: “este tipo quiere venir a enriquecerse”, a lo que yo respondí “este tipo es el que trae los zapatos caros”) nos dijo, “deberían mejor hacer una protesta en la Casa Lamm”.
Nos trataron como si quisiéramos quitarles la comida de la mesa. Incluso hubo quienes nos veían (como aparecimos en algunos periódicos) como si quisiéramos ganar el espacio para nosotros mismos. Fue entonces que nos enteramos cómo operaba la Casa del Poeta, bajo un fideicomiso, en aquel tiempo de un poco más de un millón y medio de pesos, los cuales se distribuían entre unos cuantos trabajadores y unos poquitos poetas, contados con los dedos de la mano.
Para eso era lo que alcanzaba con ese millón de pesos. Evidentemente, nuestra postura se mantuvo. Y un día antes del mitin Eduardo Hurtado me mandó una carta donde argüía que el libro era un producto comercial y que por lo tanto yo estaba comerciando al llevar libros de poesía, que era un objeto comercial y que por eso yo estaba rompiendo un código, tratando de enriquecerme, a costa de ellos, y que tenía que entender eso por principio. Ante lo cual yo respondí con una carta argumentando que sí, que el libro era un objeto, pero, por principio era un objeto cultural antes que un objeto comercial, y que en el contexto de la Casa del Poeta existía más un espacio de tránsito y de intercambio en relación a los productos generados no sólo por la cultura, sino por la poesía, antes que un espacio de comercio. Dicho intercambio epistolar se publicó poco tiempo después en el Monitor, periódico liderado por José Gutiérrez Vivó (que fue perseguido por el gobierno y al final se exilió tras ser orillado a cerrar el periódico) y en particular por el editor, narrador e investigador Alejandro Toledo.
Eduardo Hurtado también intentó hacerme ver, en una especie de confesión que buscaba mi complicidad, que “los poetas no sabemos administrar y necesitamos que alguien nos ayude a administrarnos” y “para eso está Maricarmen Férez”. Ante lo cual yo me quedé atónito al pensar, no sólo lo complejo de la aseveración en tanto todo lo que conllevaba, sino el hecho de que eso a mí no me incumbía ni me involucraba en lo más mínimo, puesto que ni ella administraba mis bienes ni recibía dinero ni crédito alguno en relación a lo que él me compartía. Fue una experiencia contrastante y tal vez ustedes tengan ojos más claros para definirla. A mí me toca relatarla desde como la viví.
Ante lo cual mi memoria de la Casa del Poeta fue, que a partir de ese mitin, efectivamente se abrió a mayores presentaciones, mayores días de la semana se hacían más eventos y asimismo, se hicieron algunos encuentros y conversaciones, organizados por movimientos independientes y otros tantos por la misma casa, donde la derrama presupuestal siguió siendo para unos poquititos, entre los cuales cabe decir, nunca fui incluido, como tampoco soy incluido ahora en la lista de María Rivera, por obvias razones, a pesar que participé ahí, no en pocas ocasiones, en presentaciones, charlas, encuentros, etc.
Para mí es una incongruencia y altisonancia la defensa moralina de una Casa del Poeta a partir del argumento de que Ramón López Velarde es “el mejor poeta de México”, cuando en realidad hay muchos grandes poetas de México que se mantienen en la desaparición epistémica y que no han recibido el más mínimo reconocimiento, siendo grandes escribas y ejemplares seres de la nación. Y no me refiero a los nacidos en este siglo, sino los nacidos a finales del siglo XIX, o al filo de principios del siglo XX. (Tampoco se me hace algo malo se llame ahora la sala que antes de llamaba David Huerta, Nancy Cárdenas).
Pero argumentar que Velarde es el mejor y que, por ende, toda la hora de poetas que se inscriben en “su tradición de seguidores” deterministas merecen un pódium, me parece pobre, no por Ramón López Velarde, que indudablemente es un gran poeta (y que si fuera yo, mantendría la casa con su nombre, porque es un acervo histórico) sino por el hecho de ocuparlo como una bandera que avala una visibilidad que se ejerce también desde una élite figurativa, que no tiene pudor de su ninguneo.
Como podemos ver, la crisis y el giro que ha dado la tradición, o la “ruptura”, diría Octavio Paz, es la de la pseudoinclusión, y digo “la pseudoinclusión” porque vuelvo a aseverarlo, por lo menos desde mi propio testimonio, he sido sesgado tanto por el antiguo como por el nuevo gobierno y sus diferentes grupos, por el simple hecho de no jugar un papel para sus intereses, ni tampoco avalar el hecho de proselitizar la cultura en favor de un partido. Y cuando digo o he dicho independiente, digo independiente de partidos políticos, de religiones o sectas o de grupos de poder. Y digo autogestivo desde la noción de crear comunidad con los pueblos y los espacios vitales para proponer nuevas formas de vida no dominadas por la jerarquía y el abuso del poder, sino por la organización horizontal y el amor a la vida, es decir, el respeto a los árboles, a los seres (tanto animales salvajes, diríase, como animales amaestrados, diríamos) porque cabe decir, que por no parecer salvajes hay quienes se convierten en animales amaestrados.
En resumen, ni los actuales ni los de entonces parecen tener un real interés en promover la poesía, la cultura, sino sólo alimentar su pesebre y sus santos, que son oficiales mientras les dura el presupuesto. Y que, como todo, para hacerlos “reales” necesitan de la “plebe” para que se vean como si fueran muchos.
Aunque al momento de partir los panes sólo sea para cuatro. Así que, desde esta óptica, esto apetece para una comedia sobre el absurdo de una época, que no deja de representar a los que se pelean por escribir desde el poder (pódium, gobierno, oficialía, etc.) su historia.
Aunque a veces, también existen, los que desde un contrapoder, alcanzan a dejar un vestigio de la falsa historia de la humanidad escrita en cuatro volúmenes dorados.









