El balón rodó pero en México
todo sigue igual
Arturo de Dios Palma
Ciudad de México
12 de junio de 2026
La mañana del jueves en el centro de la Ciudad de México fue un hervidero. La euforia se desbordó. El grito de “¡México, México!”, y: ”¡Sí se puede, sí se puede!” retumbó. Las calles estuvieron rebosantes, eran ríos de personas vestidas con la playera verde que a paso veloz intentaron llegar a la explanada del Zócalo, querían un lugar en el Fan Fest.
Invariablemente, ese río verde tuvo como único destino el muro metálico que montó el gobierno de la morenista, Claudia Sheinbaum Pardo. Cuando se toparon con el muro, se iban formando en la larga fila, ahí el grito cambió: exasperados demandaron su ingreso. Todo fluyó lento, porque en una ciudad sitiada todo se controla, todo se requisa.
El centro de la ciudad fue una fiesta, era temprano pero la borrachera por la Copa del Mundo FIFA 2026 ya había comenzado pese a que faltaban horas para que en el estadio Azteca rodara el balón.
En medio de la fiesta, de la borrachera, se escucharon otros gritos. Gritos potentes pero insuficientes para competir con la euforia mundialista.
”¡México es campeón en desaparición!”, se escuchó en la calle 20 de Noviembre. Era un grupo de madres buscadoras. La fiesta no se interrumpió, apenas algunos las voltearon a ver. Nadie intentó callarlas pero tampoco nadie se unió a una de las demandas más sentidas que tiene el país: 133,000 personas desaparecidas.
Lo que sí hubo fueron apoyos tímidos, algún grito de ánimo y fue todo. También hubo gritos entre dientes de rechazo y mentadas de madre.
El grupo de madres buscadoras se fueron abriendo paso entre la euforia por la inauguración del Mundial. Tomaron una esquina y no permitieron que la desaparición de su hijo, hija, madre, padre, hermanos, hermana, esposo, esposa pasara desapercibida esta mañana de jueves.
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Es la víspera del arranque del mundial. Son las 7 de la noche del miércoles. La Ciudad de México está situada, hay policías por todas partes, las entradas y salidas están controladas, hay retenes por todos lados. Sin embargo, fuera de la estación Registro federal del tren ligero, en la Calzada de Tlalpan, la avenida se va llenando, primero la toman unas 100 personas, principalmente madres, con los rostros de sus hijos impresos en lonas. Luego la cifra se multiplica, son un poco más de 1,000.
Están a un kilómetro del cerco que instaló el gobierno federal y el de la ciudad para impedir el paso al estadio que por la justa mundialistas fue rebautizado como Ciudad de México: están tres camiones de granaderos atravesados junto con dos patrullas. Detrás de los camiones y las patrullas están más de 300 policías con equipo antimotines. Listos para impedir el paso y, si es necesario, para reprimir.
En el contingente está Socorro Gil Guzmán, madre de Jhonatan Guadalupe Romero Gil. Ella quería llegar hasta el estado por su hijo, pero en realidad a ella le gustaría ir al estadio con Jhonatan, un joven apasionado del fútbol.
No pudieron llegar al estadio, policías se lo impidieron, pero lo que sí lograron fue que los desaparecidos no los desapareciera ahora la euforia del Mundial.
Socorro Gil llegó a la ciudad después de superar varias peripecias. Hizo más de nueve horas de camino de Acapulco a la Ciudad de México. La mañana del miércoles se montó en una Urvan que pagó con el dinero que pudo recaudar junto con sus compañeras de la colectiva Memoria, Verdad y Justicia de Acapulco. Ahí iba la señora Olga Lidia Mendoza Chávez, que desde hace 15 años no para de buscar a su hijo Rafael Reyna Mendoza; Xóchitl Osmayda Leal Saligán que busca su hijo Edgar Yair Leal Saligán; Brenda Huerta Albarrán que donde sea que se para exigir la presentación de su hijo Eduardo Enrique López Huerta y Liliana Carrera Castro que quiere de vuelta a su hermano Saúl. También las acompañó Dario Rojas Rivas, que lucha porque su madre, la doctora Adela Rivas Orbé, tenga justicia.
El estado de sitio, la obligó a tomar caminos alternos, el miércoles la caseta de Tlalpan, en la Ciudad de México, estaba tomada por normalistas de Ayotzinapa en respuesta a que la policía de la ciudad les impidió el paso.
Socorro Gil y sus compañeras tuvieron que desviarse hacia el estado de Morelos: cruzaron el municipio de Cuautla, Yecapixtla, recorrieron los pueblos de Totolapan hasta que salieron a la carretera que conecta a la alcaldía de Milpa Alta y luego hacia Xochimilco.
La madre de Jhonatan llegó a la Ciudad de México por la misma razón que todas las demás: para gritar al mundo —que estaba atento a la inauguración del Mundial— que en México se vive una crisis humanitaria por tantas desapariciones. Para que sepan que la desaparición en el país no es un crimen aislado sino algo sistemático. Para gritarle al mundo que en México muchas de las desapariciones las comete un militar o un policía, como el caso de Jhonatan que la tarde del 5 de diciembre de 2018 policías municipales de Acapulco lo detuvieron justo cuando iba a las canchas de la CROM a jugar futbol.
“Vine a levantar la voz, este gobierno está negando las desapariciones. No nos quiere escuchar. Por segunda ocasión rasura las cifras oficiales. No quiere aceptar que hay desapariciones forzadas cuando la prueba es mi hijo que fue desaparecido por policías municipales”.
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A México ningún Mundial ha llegado en un momento oportuno, pero aún así, siempre los han impuesto.
En el 70, la matanza de estudiantes en la plaza de Tlatelolco estaba fresca, por el país se respiraban los aires más represivos de la historia. En la sierra de Coyuca de Benítez, Atoyac, San Jerónimo y Tecpan, el Ejército avasallaba pueblos completos en busca del líder guerrillero, el profesor Lucio Cabañas Barrientos. Aún así, en el estado Azteca, México le daba la cara más amable al mundo.
En el 86, la Ciudad de México, literal, estaba devastada. Un año antes un terremoto casi la destruye. Muchos se quedaron sin viviendas y el presidente de la República, el priista Miguel de la Madrid le dio la espalda a la población. Todos estaban resurgiendo pero el Mundial sirvió para echar bajo la alfombra la tragedia.
Este 2026, México está en las mismas, en las calles todos los días se vive la tragedia de los asesinatos, las desapariciones, los desplazamientos forzados, el reclutamiento forzado, los femincidios, los crímenes de odio, la extorsión asfixiante. En las casas el dinero cada vez alcanza para menos. Con más frecuencia los políticos muestran su rostro criminal. Cada día descubrimos que la corrupción tiene formas infinitas, que la impunidad no es cosa del PRI, sino de toda una clase política.
El Mundial arrancó y nos volvió a quedar claro cuáles son los intereses de nuestros gobernantes: defender al gran capital. Defender la fiesta de la FIFA, una empresa patrocinada por otra empresa mundialmente nociva: la Coca-cola.
¿Por qué defender al Mundial más lejano de la gente?
Este Mundial aumentó sus precios casi un 300 por ciento más respecto al de Qatar. Las entradas cuestan entre los 20,000 a los 120,000 mil pesos.
La FIFA, como lo dice Juan Villoro, tiene practicas de invasión: pide mucho y aportada muy poco.
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Para Jhonatan el fútbol era su pasión. Desde que estaba en mi panza yo le decía que iba a ser futbolista porque me daba muchas patadas. Desde muy pequeño, desde que nació yo creo que siempre le gustaron los balones. Cuando tenía 11 años tuvo un accidente, tuvo fractura de cráneo y tenía prohibido jugar balones, le escondí todas las pelotas y un día lo dejé con sus hermanas en su cama porque estaban en reposo, duró en reposo casi dos meses. Cuando regresé lo encontré en su cama estaba lleno de pelotas, hizo pelotas de periódico. Se le dijo a sus hermanas que le alcanzaran todo el periódico que tenía una tía que vivía con nosotros, con el diurex y se puso a hacer el montón de pelotas y estaba lleno de pelotas su cama, jugando en la cama, estaba acostado en medio de tantas pelotas. Jugaba fútbol, toda la vida jugaba. El día que se lo llevaron iba a jugar fútbol a la cancha de CROM, siempre jugó fútbol, con su equipo fueron campeones y bicampeones en varias ocasiones. Le gustó mucho el fútbol a mi hijo. Le iba al Cruz Azul. Este año hubiera sido muy bueno para él, muy emocionante hubiera sido muy feliz. Pero esta es la segunda ocasión no ve ganar a Cruz Azul, que no lo ve campeón. La vez pasada que el Cruz Azul fue campeón, me compré una playera y me la puse en lugar de él y me puse a ver el partido. Cuando Jhonatan se iba a trabajar y jugaba el Cruz Azul me ponía la alarma en mi teléfono y me decía que por nada del mundo me perdiera el partido, que yo lo viera para que le fuera avisando cómo iba el juego. Este año vi la final pero pues fue muy triste. Este Mundial igual va a ser triste, Jhonatan no va a ver los partidos, porque él veía todos los partidos que pasaban en la televisión, los de las mujeres, de hombres, también los extranjeros que pasan en la madrugada, se paraba a ver las finales. Cuando jugaba Messi, le iba a Messi, cuando estaba más chico era admirador de Ronaldinho. Siempre le gustó mucho el fútbol, coleccionaba estampas.
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Este jueves gran parte de la ciudad estuvo en disputa. El gobierno federal y el de la Ciudad de México se aferraron a impedir cualquier intento de malograr la inauguración de la copa de fútbol que organiza la FIFA, una empresa mundialmente poderosa.
Para este jueves, declararon la suspensión de clases y ordenaron que las empresas mandarán a sus trabajadores a hacer home office.
Aunque el home office bien se puede traducir en un toque de queda.
Tanto la presidenta como la jefa del gobierno de la Ciudad de México establecieron un tipo de estado de sitio para el arranque del mundial. El Zócalo lo atrincheraron con vallas metálicas, el estadio Ciudad de México con miles de policías impidieron el paso a cualquiera que no tuviera boleto. Desde hace días, entrar a la ciudad se convirtió en un reto mayor. La policía revisó a todo autobús donde viajaban personas que, según los agentes, tuvieran la apariencia de querer protestar. Estudiantes de Ayotzinapa desde la víspera tuvieron negado el acceso.
Al final, el estadio Ciudad de México se llenó, según los reportes de la prensa de deportes, más de 80 mil aficionados entraron, todos, eso sí, tuvieron que madrugar.
Mientras la selección jugaba contra Sudáfrica, en la caseta de Tlalpan normalistas junto con los papás y mamás de los 43 estudiantes desaparecidos, seguían peleando con policías para poder entrar a la ciudad y en la explanada del estadio, policías repartían toletazos al grupo de manifestante que logró superar los retenes de revisión.
México iba dos a cero a favor y los papás y mamás de los 43 seguían peleando por entrar.
El árbitro pitó el final del partido y todo se distensó. México ganó dos a cero. La caseta de Tlalpan fue liberada. En las calles de la ciudad explotaron de felicidad ante el insípido dos a cero. El monumento al Ángel de la Independencia volvió a ser el punto de celebración.
A las 6 de la tarde, Socorro, Olga, Brenda, Liliana, Xóchitl, Dario, se volvieron a montar a la Urvan de regreso a Acapulco. No hubo necesidad de tomar caminos alternos.
El regreso tuvo un buen humor, hubo risas y carcajadas. Fueron las risas del deber cumplido. De haber hecho lo que tenía que hacer: visibilizar las historias de sus hijos, madres y hermanos.
Lograron que el mundo las escuchara, que el gobierno no borrara de nuevo su tragedia.
Pero saben que esta fue apenas una batalla, siguen sin saber dónde están sus hijos, sin tener justicia.
El balón rodó pero México sigue igual.








