El hermano mayor y los menores de edad

Misael Habana de los Santos
Acapulco
24 de septiembre de 2026

Félix Salgado Macedonio aceptó entre dientes el triunfo de Beatriz Mojica como coordinadora y enseguida se proclamó “hermano mayor” del morenismo guerrerense. La operación tiene su inteligencia doméstica: reconocer a quien obtuvo el encargo mientras uno se adjudica la autoridad sobre la familia. Beatriz se queda con la coordinación; Félix pretende conservar la última palabra.

Falta saber cuándo votó la militancia para hacerse hermana menor.

Ahora Sofío Ramírez recoge aquella autoproclamación y la convierte en propaganda. En un cartel ilustrado con una fotografía de ambos, fechada en diciembre de 2011, anuncia “tiempos de definiciones y lealtades” y sentencia: “El decano y hermano mayor de la política en Guerrero nunca debe dejar solo al pueblo”.

La ampliación del parentesco es notable. Félix se había proclamado hermano mayor del morenismo; Sofío ya le reconoce la tutela de toda la política guerrerense. Si continúa ese entusiasmo, pronto habrá que pedirle permiso para alcanzar la mayoría de edad.

¿Y quién será la mamá? ¿Quién será el papá? ¿Quién repartirá las autorizaciones para aspirar a la gubernatura? Porque, bajo esta concepción familiar del poder, las convocatorias podrían sustituirse por una reunión de domingo: el hermano mayor ocupa la cabecera, los demás explican sus aspiraciones y Sofío vigila que nadie le falte al respeto.

George Orwell imaginó en 1984 al Gran Hermano como el rostro de un poder que vigila y administra la verdad. Nuestra versión tropical añade el abrazo, la fotografía del recuerdo y la obligación sentimental de agradecer la tutela. El mando se presenta como cariño. La subordinación aprende a llamarse lealtad.

Aquí cabe también una lectura del melodrama de Pedro Infante y la Chorreada: esa educación sentimental en la que el sufrimiento, el afecto y la fidelidad pueden pesar más que cualquier argumento. Trasladada a la política, permite que al personaje se le perdone todo porque “es de los nuestros”. El Toro vuelve al centro de la escena y Guerrero debe prepararse para otra función.

El imperialismo cultural encuentra su mayor eficacia cuando ocupa la imaginación: cuando consigue que los dominados conciban como natural el orden que los mantiene sujetos. El caciquismo tiene su versión provinciana de esa conquista. Repite un rostro, un apellido, una biografía, hasta hacernos creer que fuera de ellos solo existe el desamparo.

“El hermano mayor nunca debe dejar solo al pueblo”, dice el cartel.

Qué pueblo tan conveniente: lucha, trabaja, paga, vota, pero nunca crece.

Sofío, con estaciones en el PRI y el PRD, encuentra ahora una identidad que ahorra discusiones doctrinarias: felixista. En el mensaje que difunde, su principal argumento es la fidelidad al personaje. Antes de explicar qué Guerrero propone construir, anuncia a quién quiere colocar al frente.

“¿Y tú con quién?… Yo con Félix Salgado Macedonio para próximo candidato a gobernador”.

Toda una concepción de la política cabe en esa pregunta. ¿Con quién? El programa puede esperar. La violencia, los desplazados, el agua, los hospitales, las comunidades abandonadas, la corrupción: todo eso vendrá después, si queda tiempo. Primero hay que definir a qué persona se entrega la adhesión.

Es una izquierda rara: levanta el puño para terminar sosteniéndole la silla al patriarca. Una zurda que, en vez de desmontar las relaciones de obediencia, les pone vocabulario revolucionario. Evoca las contradicciones de aquella izquierda del Partido Socialista de los Trabajadores, el PST, cuya confianza en sectores del poder establecido convivía con su promesa de emancipación. Aquí la contradicción ya tiene retrato: el pueblo soberano necesita un tutor permanente.

Sofío reconoce que Morena designó a Beatriz Mojica para la coordinación estatal. Pero enseguida explica que vienen otros momentos, otros procedimientos, otra oportunidad para Félix. La distinción entre coordinación y candidatura le sirve para dejar abierta la disputa por el mando.

Es una forma peculiar de felicitar a la ganadora: recordarle que todavía falta lo que verdaderamente importa.

“Esto no se acaba hasta que se acaba”, escribe.

La frase, puesta al servicio de una aspiración interminable, admite una traducción menos deportiva: esto no se acaba hasta que el resultado nos guste. Si favorece al patriarca, habló el pueblo; si favorece a otra persona, apenas terminó una etapa.

Después aparecen los buenos vinos y “la sabia virtud de conocer los tiempos”. Hay aspiraciones que maduran y otras que se avinagran. La diferencia suele advertirse cuando el interesado confunde su propio calendario con el destino de una sociedad entera.

El discurso alcanza luego su momento solemne: la Constitución. Sofío invoca el derecho a votar y ser votado y denuncia como “autoritarismo puro” que un estatuto se imponga por encima de la ley. De pronto, la lealtad personal se viste de alegato jurídico.

Conviene tomar en serio la Constitución, precisamente para evitar que termine convertida en pancarta de ocasión. El derecho a ser votado no equivale a una candidatura automática por el partido que uno prefiera. Los procedimientos internos también cuentan y están sujetos a límites constitucionales. Si una disposición vulnera derechos, corresponde argumentarlo e impugnarla. Los signos de admiración no resuelven esa controversia.

La cuestión política, entretanto, sigue en pie: ¿Sofío está defendiendo un principio aplicable a todos o buscando una excepción para el de siempre? ¿Reconocería con el mismo entusiasmo los derechos de alguien que disputara el predominio de Félix? ¿Aceptaría que la voluntad popular pudiera expresarse sin solicitar antes la bendición del hermano mayor?

Porque “el pueblo manda” es una frase magnífica. El problema empieza cuando alguien se reserva el derecho exclusivo de interpretar sus órdenes.

En el cartel, décadas de movimientos sociales terminan concentradas en una biografía. Los ciudadanos aparecen como acompañantes de la trayectoria del hombre indispensable. Ellos pusieron las marchas, las resistencias, los agravios y la esperanza; el patriarca recibe el nombramiento vitalicio.

Esa es la disputa de fondo: cuánto espacio queda para una ciudadanía adulta dentro de una política organizada alrededor de tutelas personales. Qué significa transformar si los viejos hábitos de mando sobreviven al cambio de partido. Para qué sirvió combatir al cacique (¿Figueroa?) si basta pintarlo de guinda para convertirlo en hermano.

Sofío promete que habrá un mañana. Claro que lo habrá. Guerrero lo construye todos los días, incluso cuando sus políticos están ocupados repartiéndose el parentesco.

Lo que ese mañana necesita es que lo dejen crecer.

Después de tantas luchas por emancipar al pueblo, resulta una ironía feroz que quieran mantenerlo como menor de edad en el álbum familiar del poder.