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¿El laboratorio Guerrero?

John Kenny Acuña Villavicencio
Acapulco
17 de julio de 2026

¿Guerrero es realmente un escenario para el estudio de los problemas sociales y políticos más profundos de México? Esta inquietud resurge en medio del proceso electoral de 2027, durante el cual se renovarán la gubernatura, los ayuntamientos, el Congreso del Estado y la Cámara de Diputados.

Asimismo, emerge en una coyuntura marcada por debates que tienen que ver con el vaciamiento político, la deriva democrática, los derechos humanos, las tecnocracias y la justicia transicional, pero también frente a la persistencia de un ciclo de dominación del capital, la desigualdad y el abandono que las élites políticas han sido incapaces de resolver.

Estas reflexiones surgen de los seminarios realizados a mediados de 2024 en las aulas del Posgrado en Estudios de Violencias y Derechos Humanos de la Universidad Autónoma de Guerrero. Las discusiones y los intercambios teórico-metodológicos desarrollados en este espacio dieron origen a la publicación del libro: Guerrero. Memoria y acción colectiva en escenarios de violencias y conflictos (2026). Se trata de una obra que reúne diversas contribuciones y está orientada a impulsar una agenda de investigación sobre la memoria y la acción colectiva. 

En este ejercicio, el trabajo se llevó a cabo junto con un destacado grupo de estudiantes, quienes asumieron el reto de problematizar la noción de “laboratorio Guerrero” y convertirla en un eje de reflexión. Fue precisamente en el transcurso de estas deliberaciones donde surgieron dudas en torno al sentido mismo de esta expresión: ¿se trataba de un eufemismo académico o de una categoría sociológica? Y, de ser así, ¿cuál sería su implicancia epistémica? 

Estas inquietudes articularon el abordaje de diversos temas y la definición de propósitos en común, con la finalidad de aproximarnos a Guerrero no solo como un escenario de disputa y de relaciones de poder, sino como un sujeto histórico atravesado por una serie de antagonismos, conflictos y esperanzas. 

Con el paso de los debates, nos dimos cuenta de que algunos especialistas, como Sandra Ley (Votes, Drugs, and Violence: The Political Logic of Criminal Wars in Mexico, 2020), Kate Doyle (Guerrero: El laboratorio de la guerra sucia, 2014) y Carlos Illades (La guerra nunca terminó: Una historia de la violencia en México, 2018) afirmaban que, efectivamente, Guerrero debía ser considerado un campo experimental de violencia y exterminio, caracterizado por momentos de excepción y prácticas de racismo e impunidad. 

Lo expuesto se sustenta en los episodios de violencia política ocurridos durante la Guerra Sucia y en un conjunto de casos que, en la actualidad, permanecen sin esclarecimiento y sin garantizar el acceso a la verdad, la justicia y la reparación, como son: la represión estudiantil de 1960, la masacre de Atoyac en 1967, Aguas Blancas en 1995, El Charco en 1998, Ayotzinapa en 2014 y los hechos de violencia ocurridos en Chilapa a partir de 2020. 

En este contexto, lo que tuvo lugar en este tiempo de represión fue una forma de brutalismo ejercido por el poder soberano sobre los cuerpos y las subjetividades (Mbembe, 2021). Más que un periodo clausurado, se trata de un momento de liquidación de proyectos políticos y formas de vida que continúan configurando nuestro presente.  

Precisamente, estos aportes sirvieron de insumo para enfatizar que nos encontrábamos en un estado donde lo apodíctico —expresado en las pretensiones de verdad de la forma Estado— y lo paradójico se entrecruzaban y daban sentido a una sociedad abigarrada como la guerrerense. En consecuencia, la violencia dejaba de ser entendida como un “cajón de sastre” o un fenómeno desarticulado de los problemas sociales, económicos y políticos para revelarse como un proceso histórico inherente a las dinámicas del mercado y el progreso. 

Desde esta perspectiva, advertimos que cualquier intento de pacificación o agenda democratizadora que relegara el pasado o que solo buscara gestionar las prácticas sistemáticas de violencia —como la desaparición forzada, la tortura, los vuelos de la muerte o el secuestro—, más que propiciar la reconciliación y la justicia, terminaría reactualizando las relaciones de mando y obediencia.

En virtud de ello, una de las tareas que habíamos señalado era comprender estos dilemas y reescribir, desde las historias silenciadas por los grandes relatos, las experiencias e instantes de redención que reaparecen de manera insistente y se manifiestan como una suerte de “neurosis colectiva”, derivada de los mecanismos de autoridad y subordinación (Freud, 1986). 

Dicho de otra manera, esto implicaba reconocer la necesidad de develar y criticar el modo que el olvido y el odio se habían impuesto sobre aquellos sujetos que cuestionaron y desafiaron el orden social. Por consiguiente, nuestro compromiso consistió en recuperar la voz de los vencidos, no como un gesto ético o compasivo, sino como una tarea crítica orientada a rescatar las memorias silenciadas por los discursos oficiales, burocráticos e institucionales.  

En este marco, en clave benjaminiana, los estudiosos y estudiosas de Guerrero impulsamos una lectura de la realidad a contrapelo de la historia de los vencedores, el poder del dinero, el exterminio de la Tierra y la indiferencia social y económica (Benjamin, 2006).  

Además, se reabrió la discusión al subrayar que toda investigación o aproximación al hecho social no solo debe centrarse en exponer y describir las luchas emprendidas por el sujeto clásico, sino también atender las interacciones, los testimonios y las respuestas de la gente común.

“Las colectivas” de búsqueda de desaparecidos por el poder estatal o por fuerzas ilegales, la organización y el acuerdo vecinal en tiempos de crisis social o ecológica, la lucha de las y los trabajadores al interior de los sindicatos, el testimonio de los sobrevivientes de la Guerra Sucia, así como la participación de campesinos en la resolución de conflictos territoriales, desocultan narrativas del poder y exhiben sus limitaciones. 

Estas son solo algunas preocupaciones que esperan ser estudiadas por todo aquel o aquella que intente pensar Guerrero.

 

* John Kenny Acuña Villavicencio

Profesor-investigador de la UAGro  

Nota. Texto adaptado de la introducción del libro Guerrero. Memoria y acción colectiva en escenarios de violencias y conflictos (2026), ISBN México: 978-607-5927-85-5, ISBN Perú: 978-612-03-1924-6, DOI: https://doi.org/10.59760/5927855, editado por La Biblioteca y la Universidad Autónoma de Guerrero.

Ya son las 13:10 horas aproximadamente y, con los votos en contra de siete diputados —del PRI y PAN—, se aprueba la nueva reforma al Poder Judicial e inicia la lectura de la segunda minuta de reforma electoral para la nueva causal de nulidad por intervención extranjera. La sesión se vuelve más somnolienta.

Afuera, en el lobby del salón, parece una romería. Y es que las y los reporteros que cubren la fuente le festejan su cumpleaños a dos de sus compañeros. Tres pasteles adornan la mesa y hasta ahí llega Urióstegui García para felicitar a los dos cumpleañeros y tomarse la foto cuando le da una mordida a un pedazo de pastel.

 

A un lado de Urióstegui está la encargada de Comunicación Social, Rosalba Ramírez García, quien en las elecciones de 2024 fue candidata de Morena a la alcaldía del municipio de Huamuxtitlán.

Posterior a la partida de los pasteles, los y las reporteras rodearon a Urióstegui García, quien rechazó que haya un documento de un grupo de sus compañeros que piden su relevo. Fue una entrevista a modo, así como le gusta a Urióstegui García, quien se alista en los próximos meses para participar en el proceso interno de Morena para una candidatura, pero no se sabe si para la alcaldía de Chilpancingo o algún otro cargo.

Si el grupo de legisladores nuñistas no cae en la tentación de los apoyos que les están ofreciendo en el Palacio de Gobierno, su compañero Tito Arroyo podría ser el relevo de Urióstegui García.