Retorno forzado: las remesas no alcanzan
para sacar de la pobreza a la Montaña

Arturo de Dios Palma
Fotografía: Salvador Cisneros
El Carrizal, Tlacoapa
9 de junio del 2026

 

La mañana del lunes 10 de febrero de 2025, en Pensilvania, Estados Unidos, es fresca. Faustino Díaz Visorio habla por teléfono con Gisela, su pareja, que está a miles de kilómetros en Tlapa, en la Montaña de Guerrero. Termina la llamada, toma unos frascos de medicina porque saliendo del trabajo tiene una cita médica. Sale de su casa rumbo a su trabajo. Va tranquilo. El restaurante donde trabaja está en la misma cuadra. Camina apenas unos pasos, cuando una camioneta se le atraviesa. Un hombre alto, blanco le ordena que se detenga.

—¿Eres mexicano? —le suelta sin más. 

—Sí —responde Faustino sin sospechar. 

—Muéstrame una identificación —ordena de nuevo. 

Faustino saca de su mochila la identificación y se la muestra. 

—No te muevas —ordena con autoridad el hombre.

Luego el hombre saca su celular y llama a una patrulla. En minutos, la Patrulla Fronteriza está ahí. Un agente revisa a Faustino, hace que saque todas sus cosas de la mochila y de las bolsas de su pantalón. Lo pone de espalda en la patrulla, lo esculca. Luego le informa que está detenido por “estar de manera ilegal” en los Estados Unidos. 

De inmediato, el agente lo toma del brazo, abre la puerta de la patrulla y lo sube. Lo primero que ve Faustino al subir es a Lino, su hermano menor, quien fue detenido minutos antes. 

Esa mañana, el hombre blanco —un caza migrantes— tuvo un buen día.

                                                                                

 

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Ha pasado más de un año, es el mediodía, Faustino recorre los cerros de su comunidad, El Carrizal, en el municipio de Tlacoapa en la Montaña de Guerrero. Busca sus vacas. En el recorrido, se detiene en una casa de adobe abandonada, sombreada por grandes árboles de mango. La casa luce deteriorada, una parte ya colapsó. 

De esa casa, Faustino salió hace 26 años rumbo a Estados Unidos. Es la casa de sus padres, es donde vivió su infancia. Le atrae cientos de recuerdos, unos alegres, otros tristes. Faustino recuerda su infancia llena de carencias, tiene bien claro cómo tuvo que ir a la primaria descalzo porque sus padres no tuvieron dinero para comprarle un par de zapatos.

También recuerda de su persistencia, de cómo desde niño se prometió salir adelante y lo logró. Fue el único de los diez hijos que se convirtió en profesionista. Lograrlo le costó mucho, la pobreza en su casa lo expulsó a Morelos a estudiar la secundaria, luego lo sacó a Acapulco para cursar la preparatoria y, finalmente, a la normal rural de Ayotzinapa, donde se graduó como profesor bilingüe.  

Ahora, la madre de Faustino vive en el centro del pueblo, en una casa de material inconclusa: tiene las paredes sin revocar, con cables expuestos y con el piso rústico. Y, tal vez, así sigan durante mucho tiempo. Esta nueva casa, se construyó con el dinero que Faustino envió durante años desde los Estados Unidos. 

El Carrizal, dice Faustino, en realidad no ha cambiado mucho después de 26 años. Sigue siendo un pueblo rural, con calles estrechas de tierra, sin centro de salud, con el drenaje expuesto y con sus habitantes dedicándose a lo de siempre: a sembrar maíz, frijol y calabaza. Hay varias casas de material, todas construidas con dinero enviado desde los Estados Unidos.

—¿Cómo ha sido este año?

—De lo peor. No me adapto, todo va muy lento. Los primeros meses la comida que comía me mandaba al baño. No podía dormir, acá se ponen a beber mucho, ponen la música muy alto, luego cantan y cuando se ponen borrachos se pelean y hasta se andan macheteando. A veces me despierto a las 3 de la mañana y ya no puedo dormir. Allá no se vive así, a veces me siento extraño acá. 

—Cuando llegaste, ¿qué diferencias encontraste en El Carrizal?

—Sí hay muchas, pero para mal. Ahora la gente te apoya si le das dinero. Por un mandado pequeño quieren hasta 200 pesos. Antes nosotros obedecíamos, ahora todo es por dinero. Otra cosa que veo es que toman mucho refresco, la gente ya dejó de comer quelites, frijoles. 

— ¿Cómo ves a la comunidad?

—Pienso que empeoró. Se están acabando los animales silvestres con la fumigación. Antes había muchas codorniz, correcaminos, conejos, venados, ahora no hay porque echan mucho pesticidas. El barranco está seco, ya no hay peces, cangrejos, ranas. Veo que usan muchos químicos. Ahora si hay plaga: químicos, si la milpa está triste: químicos. Antes no era así, se cuidaba el agua, uno tomaba del barranco la que necesitaba, ahora en las casas ves cómo se está tirando. 

El caso de Faustino es una muestra tangible de que el dinero que envían los mexicanos que trabajan en Estados Unidos es insuficiente para cambiar los entornos de sus pueblos. El dinero de los migrantes alcanza para construir casas, hacerse cargo de sus familiares, pero no para abrir caminos, introducir el drenaje, el agua potable, construir centros de salud, escuelas, para que no falten profesores, médicos y medicamentos.

                                                                                   

 

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Cuando Faustino egresó de la normal de Ayotzinapa, de inmediato concursó por una plaza bilingüe, no la logró. Por su buen resultado le ofrecieron una monolingüe, en un pueblo del municipio de Coahuayutla, en la Costa Grande, casi pegado a Michoacán, a cientos de kilómetros de El Carrizal. 

Faustino aceptó y se fue a vivir para Coahuayutla, le pagaban 2,300 pesos quincenales. Con ese dinero tenía que pagar la renta del cuarto donde vivía, su alimentación, sus pasajes y mandarle algo a su madre y a su padre. Casi no le quedaba nada. 

A sus padres los visitaba en vacaciones, para llegar a El Carrizal tenía que cruzar todo el estado. Era muy cansado y caro. Su madre y su padre, recuerda, le reclamaban que los visitara muy poco.

Un día, en el pueblo se encontró a un amigo que había regresado de los Estados Unidos. Le contó cómo era la vida allá y que esos 2,300 pesos que le pagaban a la quincena se los podía ganar en un día. No le dijo nada, pero el amigo le sembró la duda.

La idea de irse a Estados Unidos lo fue invadiendo, su realidad también: el trabajo de profesor no le permitía ver a sus padres ni tampoco ayudarlos. Un día decidió vender su plaza. La ofreció y rápido le salió un comprador. Se trasladó a la Ciudad de México e hicieron el trámite, entregó la plaza y, con dinero en mano, llamó a su amigo para que lo ayudara a irse a los Estados Unidos. 

Su amigo le contactó a un coyote. Acordaron. De la Ciudad de México se fue a la frontera, no le avisó a nadie. Intentó cruzar tres veces a los Estados Unidos caminando por el desierto. Dos veces lo detuvieron. La tercera llegó hasta Nueva York. El coyote le prometió que le conseguiría trabajo y comida. El coyote no le buscó trabajo ni comida, en cambio emprendió la borrachera.

Faustino no conocía nada ni a nadie. Decidió no salir. Ahí estuvo una semana casi sin comer. Se sentía débil. Un día, un hombre llegó buscando al coyote y se encontró con Faustino. Resultó ser de Tlapa, se apiadó de Faustino y le llevó de comer. Lo ayudó hasta que se repuso. Luego le consiguió su primer trabajo en una procesadora de alimentos. A los cuatro meses, Faustino llamó a su padre y a su madre para avisarle que estaba bien y que estaba en los Estados Unidos. Ese día les envió los primeros 1,200 dólares. 

En la procesadora trabajó cuatro años, ahí conoció a la madre de su única hija. Vivió tres años en familia y luego se separaron.

Anduvo de ayudante en carpintería y en restaurantes hasta que hace 14 años, uno de sus amigos, un chino, montó su restaurante en Pensilvania y nombró como uno de los principales cocineros. 

                                                                                 

 

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Esa mañana del 10 de febrero de 2025, a Faustino y Lino los recluyeron en la prisión federal de Pensilvania. Los ingresaron, recuerda, como delincuentes, les hicieron revisión médica, les tomaron las huellas dactilares y fotografías, como a los criminales en las películas de Hollywood. También les dieron una “bolsas de plástico” para taparse del frío. Los mandaron a una celda con cama de concreto y hedionda a orines. Estuvieron cinco días hasta que pidieron su cambio. Pasaron noches de frío intenso. Todos los días los despertaban a las 5 de la mañana a desayunar. En esos días, Faustino las piernas se le comenzaron a entumecer y a ver borroso. Pidió atención médica. 

Una médica, recuerda, lo revisó y le diagnosticó neuropatía diabética. Desde ese momento le inyectaron insulina. Cuatro dosis por la mañana le aplicaban. 

Días después a Faustino y Lino los separaron. A Lino lo deportaron porque ya contaba con una orden de deportación: en 2024, antes de lograr ingresar a los Estados Unidos, lo detuvieron dos veces. 

A Faustino lo trasladaron a un centro de detención. Ahí otra vez lo revisó un médico, le hicieron estudios para detectar enfermedades venéreas y de sangre. El médico le dijo que no entendía porque tenía la presión y la glucosa tan alta si sus exámenes de sangre estaban bien. 

“¿Cómo no me iba a sentir mal si todos los días nos daban harina? Puro pan comíamos y la presión era porque no dormía, siempre había peleas, gritos. La pasé muy mal, con mucho sueño, hambre y sed”, recuerda Faustino. 

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—¿Valieron la pena esos 26 años en los Estados Unidos?

—Yo digo que sí. Aquí no tenía nada. Y todo mi esfuerzo fue por mis padres y por mis hermanos. 

—¿Qué lograste?

—Cosas materiales sobre todo, mis hermanos no quisieron estudiar, yo les ofrecí estudios y no aprovecharon. Asumí mucha responsabilidad con mi familia, la alimentación, las enfermedades de mis padres, ayudé a mis hermanos y a sus hijos. 

Faustino pensó muchas veces en regresar, quería ver a su madre y a su padre. Volver a ver a sus hermanos, sobre todo a Rubén, el menor de los diez, que cuando se fue a los Estados Unidos tenía dos años. Tenía ganas de ver a sus sobrinos que sólo conocía a través de la pantalla del celular.

Algo que le genera mucha pesadumbre es no haber alcanzado a ver a su padre. En 2024, don Fausto murió en un accidente automovilístico. Ese día, recuerda, fue uno de los peores estando en los Estados Unidos. 

Ese día, llegó a las 9 de la mañana al restaurante, ahí también trabajaba Lino y el esposo de una de sus sobrinas. Estaba en su estación, cuando se le acercó el esposo de su sobrina. 

—¿Ya vio lo que está pasando? —soltó sin un detalle más. 

Faustino como reacción tomó su celular y vio decenas de mensajes. En particular vio ligas de páginas de Facebook dando una noticia: Fausto “N” y Basilicia “N” resultaron heridos en un accidente automovilístico. La nota estaba acompañada de fotografías. Vio a su padre tirado en el piso lleno de sangre pero vivo, igual a su hermana. 

Faustino sabía que su padre iría a Tlapa, habían quedado de hacer una videollamada, porque en El Carrizal la señal de internet es muy mala. Le había pedido a Gisela que le diera 5,000 pesos a su papá para que comprara lo que quisiera. 

Vio la nota y las fotos, quedó impactado. Luego reaccionó y llamó a Gisela. Le pidió que consiguiera una ambulancia para que fuera a recoger a su papá y a su hermana. Gisela eso hizo, pero en el hospital le dijeron que ya iba una en camino. Gisela se paró en la puerta del hospital hasta que vio entrar la ambulancia. Cuando fue a preguntar, la respuesta fue contundente: don Fausto había muerto en el camino y Basilicia estaba muy grave. 

Gisela de inmediato le llamó a Faustino para darle la noticia. Faustino le volvió a pedir que hiciera todo lo posible para que su hermana se salvará. Basilicia se salvó pero pasó meses con una dolorosa recuperación. 

“Siento que mi papá presentía su muerte, antes de la accidente me insistió mucho, a cada rato me decía que ya me regresara”. 

 

                                                                               

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Una mañana de inicios de abril, personal del consulado de México llegó a la celda de Faustino. Le entregaron la solicitud para firmara su deportación voluntaria.

Faustino fue sometido a un juicio y por su buen comportamiento durante los 26 años, un juez le ofreció pagar 12,000 dólares (alrededor de 216,000 pesos) como fianza y quedarse en los Estados Unidos.  

Faustino rechazó la propuesta. Dice que no estaba dispuesto a entregarle parte de sus ahorros a un juez que no le daba ninguna garantía de que no fuera detener otra vez. 

“El acuerdo era que yo pagara y me dejaban quedarme pero mi situación migratoria sería la misma, es decir, si otro agente me detenía, otra vez me iba a querer sacar más dinero”, explica. 

Otra razón por la que rechazó, dice, es que ya estaba muy cansado, sintiéndose mal: llevaba muchos días sin dormir, sin comer bien y con mucha sed. 

Después de haber rechazado pagar la fianza, a los tres días llegó el personal consular a su celda para que firmara la solicitud. Una semana después volvieron a su celda, le pidieron que tomara sus cosas y que saliera. Era el 9 de abril de 2025. 

Con otro grupo, se subió a un autobús que los llevó al aeropuerto. Estaba nevando, tenía mucho frío, recuerda. Ahí esperaron horas el arribo del avión. Le dieron de comer hotdog y galletas. Luego los subieron a un avión que tomó rumbo a Luisiana. Luego otro que los llevó a Texas y finalmente el que llevó hasta Tamaulipas. 

Llegando a México, dice, “comenzó lo chueco”. Varios policías ofrecieron tarifas de hoteles con comida hasta por 20 dólares. En Tamaulipas, en el consulado le entregaron un documento que confirmaba que había sido deportado. El documento era un salvoconducto para recorrer el país sin ser detenido y también para que cuando llegara a su lugar de origen fuera a pedir trabajo a empresas estaban inscritas en un catálogo que armó el gobierno federal. 

Salieron de Tamaulipas rumbo a la Ciudad de México custodiados por la Mariana; eran como 16 autobuses llenos de deportados. Cuando llegaron a la Ciudad de México cada uno tomó su rumbo. 

Faustino con el documento que le entregó el consulado, fue a pedir trabajo a Coca-Cola y Aurrera en Tlapa —las dos incluidas en el catálogo— y en ninguna lo emplearon. Le dijeron que no había espacio para él. 

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Cuando fue deportado, Faustino salió de los Estados Unidos únicamente con lo que llevaba puesto. Todas sus pertenencias y parte de sus ahorros quedaron en la casa donde vivía.

Ahora en El Carrizal tiene muchas cosas a medias. Estaba preparando su regreso, tenía varias proyectos en marcha. Por ejemplo en la casa de su madre hay rollos de manguera porque uno de sus planes era hacer un vivero de carpas para vender.

En Totomixtlahuaca, la comunidad vecina, compró dos terrenos, en uno alcanzó a construir pequeño edificio de dos pisos con decenas de cuartos. El edificio está inconcluso. La idea era convertirlo en un pequeño hotel. En el otro terreno pensaba levantar un restaurante de comida china. Pensaba sembrar maíz, plátanos en las tierra que le heredó su padre. Ya había comprado algunas vacas.

Todo está detenido. No tiene el dinero con el que contaba hace un año, cuando ganaba 6,500 dólares al mes (unos 115,000 pesos) como cocinero en el restaurante chino. Incluso, en los últimos meses redujo los envíos a su madre con la intensión de ahorrar lo más posible.

Los proyectos ahí están pero ya no tiene de dónde financiarlos. Al contrario, está buscando cómo sobrevivir. En El Carrizal, como en toda la Montaña, lo que más escasean son los empleos. Está enfermo, sigue teniendo problemas en la vista y requiere tomar medicamento para controlar la diabetes. Ya vendió dos de sus vacas para pagar exámenes médicos.

—Tienes prohibido durante diez años entrar a los Estados Unidos, ¿Cuándo pase la sanción, vas a intentar volver?

—Sí, pero yo creo lo voy intentar antes de los diez años. Aquí no me hallo, no hay oportunidades para vivir.